Columna del director del Servicio Local de Educación Pública (SLEP) Barrancas, que administra 54 escuelas y 23 jardines infantiles en las comunas de Cerro Navia, Lo Prado y Pudahuel, atendiendo a más de 23.000 estudiantes.
La convivencia educativa es hoy uno de nuestros desafíos más relevantes. Una buena convivencia crea condiciones indispensables para mejorar los aprendizajes, pero es fundamental para favorecer la formación personal e integral de los estudiantes, motivar la participación de las familias y facilitar la labor de docentes, asistentes de la educación y equipos directivos, promoviendo su bienestar y el trabajo colaborativo.
En Barrancas observamos una realidad diversa. Algunas comunidades han avanzado en la construcción de ambientes seguros, formativos y participativos; otras han enfrentado situaciones de mayor complejidad, asociadas a episodios de violencia que se originan fuera de la escuela, pero que ingresan a ella y la afectan. A ello se suman desafíos relacionados con salud mental, necesidades educativas especiales, inasistencia crónica y riesgo de desvinculación.
Esto no significa que dichas realidades determinen necesariamente una mala convivencia. Significa que cada establecimiento debe ser comprendido desde su contexto socio territorial y desde las circunstancias personales y familiares de sus estudiantes. La inclusión de todos, sin excepción, es un avance valioso de nuestro sistema educativo, pero exige mayores capacidades institucionales, apoyos diferenciados y una acción articulada con las redes del territorio.
Por eso creemos que la convivencia no puede abordarse únicamente reaccionando ante los conflictos ni extremando las respuestas disciplinarias. Las normas y sus consecuencias son necesarias, pero por sí solas no modifican las causas de fondo. Se requiere un enfoque integral, preventivo, formativo y protector.
Desde 2022 hemos implementado progresivamente en Barrancas el Modelo de Intervención Psicosocial Escolar, MIPE, desarrollado con un enfoque de Escuela Total. Este modelo entiende que la convivencia, el bienestar y la salud mental no son responsabilidad exclusiva del encargado de convivencia o de los equipos psicosociales, sino una tarea sistémica y compartida por directivos, docentes, asistentes de la educación, estudiantes, familias y redes territoriales.
El MIPE permite que cada establecimiento construya y actualice un diagnóstico de sus estudiantes, integrando antecedentes de asistencia, permanencia escolar, riesgo de desvinculación, salud mental y apreciaciones cualitativas de docentes y familias. De este modo, la información deja de ser una exigencia administrativa y se transforma en una herramienta para comprender necesidades y tomar decisiones. A partir de ese diagnóstico se organizan acciones en tres niveles: universales, dirigidas a toda la comunidad; focalizadas, para cursos o grupos específicos; y especializadas, para estudiantes que requieren apoyos intensivos y articulación con redes externas.
Estas medidas constituyen la columna vertebral del Plan de Gestión de la Convivencia Educativa de cada establecimiento. El modelo invita, además, a observar integralmente la vida cotidiana: lo que ocurre en las aulas y los recreos, las prácticas pedagógicas, el liderazgo directivo, las actividades extraescolares, la participación y las relaciones entre los distintos integrantes de la comunidad. No se trata de sumar acciones aisladas, sino de construir una cultura educativa intencionada, formativa e integral. Nos alegra, por ejemplo, ver a profesores y otros profesionales incorporarse voluntariamente a los recreos y espacios comunes para estar más cerca de los estudiantes.
Durante este año hemos reforzado el acompañamiento a ocho establecimientos que presentan desafíos específicos. El trabajo comprende asesoría a los equipos directivos y de convivencia, análisis de información, revisión de planes y protocolos, apoyo en situaciones complejas y articulación con redes locales. También acompañamos la actualización de los reglamentos internos, procurando que establezcan normas claras, procedimientos justos y oportunidades formativas para la resolución de conflictos.
Realizamos, además, la primera Jornada Territorial de Convivencia Educativa con los equipos directivos del territorio, para fortalecer capacidades en la aplicación de protocolos y en la derivación responsable a redes de salud, Oficinas Locales de la Niñez, SENDA, Mejor Niñez y otras instituciones. Desde la oficina central también cooperamos en procesos de mediación, buscando que estudiantes, familias y funcionarios puedan resolver sus diferencias mediante un diálogo responsable y colaborativo. Un conflicto bien conducido puede transformarse en una oportunidad educativa.
A ello se suma el fortalecimiento permanente de las redes de mejoramiento para encargados de convivencia, inspectores generales y equipos de primera infancia. Desde hace tres años implementamos Talleres JEC de Desarrollo Personal y Social, orientados al autoconocimiento, la autoestima, la regulación emocional, la empatía, el trabajo colaborativo, la resolución dialogada de conflictos, la autonomía y el sentido de pertenencia. Estos talleres se desarrollan en más de veinte establecimientos y alcanzan a más de 3.500 estudiantes. Asimismo, mediante nuestro Plan de Acción Integral territorial ofrecemos alrededor de 400 talleres deportivos, artísticos, culturales, científicos, medioambientales y de bienestar, que llegan a más de 6.800 estudiantes y escuelas de talentos.
Finalmente, quisiera reflexionar en un aspecto de la cultura educativa que no debemos olvidar: educar requiere autoridad. No una autoridad fundada en el temor, el abuso o la arbitrariedad, sino una autoridad docente construida desde la competencia profesional, la coherencia ética, la justicia, la prudencia y la preocupación auténtica por cada estudiante. Esa autoridad establece límites claros, exige con sentido pedagógico, escucha, explica sus decisiones y corrige respetando siempre la dignidad de quien aprende. Una buena convivencia no elimina ni reduce la autoridad. Se necesita una autoridad legítima que entregue seguridad y haga posible enseñar, aprender y sacar lo mejor de cada estudiante.
En síntesis, la convivencia educativa en Barrancas presenta avances, pero también desafíos que abordamos con realismo, oportunidad y sentido formativo. Una buena convivencia no consiste solamente en la ausencia de conflictos. Existe cuando cada integrante se siente seguro, respetado y responsable del bienestar de los demás; cuando hay normas claras y justas; y cuando la escuela ofrece condiciones reales para aprender, participar y desarrollarse integralmente.