La educación pública está presente en cada rincón del país, garantizando este derecho fundamental en cada territorio. A continuación, damos a conocer historias de profesores que dedican su vida a enseñar en la ruralidad en establecimientos donde existe un solo docente.
En áreas apartadas del territorio nacional, así como en comunas aisladas de las grandes capitales regionales (que forman parte de la zona urbana), hoy es posible encontrar unidocentes. Cabe señalar, que dentro de una escuela ellos cumplen el rol de profesor encargado, director y están a cargo de enseñar de manera simultánea a sus estudiantes de diferentes edades, en un aula multigrado.
Es así como del total nacional que son 928 unidocentes, sólo 217 cumplen sus labores en áreas consideradas urbanas, mientras que 711 en territorios rurales, según datos entregados por el Centro de Estudios del Ministerio de Educación (CEM).
1-. Escuela de Moquella: Educación, raíces y herencia cultural
Región de Tarapacá
Matrícula 2025: 12 estudiantes
La escuela está ubicada en la comuna de Camiña, específicamente en la Provincia del Tamarugal, en la Región de Tarapacá, en pleno Norte Grande de Chile. Actualmente el sector cuenta con una población de 1.335 habitantes según el Censo 2024.
Allí trabaja la unidocente Beatriz Tapia, educadora profundamente ligada al sector, pues es de descendencia aymara, por línea materna. Su padre provenía de Linares y llegó al norte a trabajar en las antiguas salitreras de Humberstone.
En ese entorno -principalmente agrícola, con viviendas alrededor de la escuela, una plaza y una posta- la profesora Beatriz enseña a 12 estudiantes desde 1º a 6º básico, en modalidad multigrado. Además de impartir todas las asignaturas del currículo, cumple funciones administrativas como profesora encargada.
Junto con ella, trabajan una manipuladora de alimentos y una asistente de la educación. Y, una vez a la semana, se suma una docente de inglés y de lengua aymara.
“Mi escuela debió ser remodelada después del terremoto de 2005, porque era de adobe. Ahora cuenta con espacios nuevos. Tengo sala de computación, un comedor, cocina, patio techado y mi casa donde vivo durante la semana. Cada viernes en la tarde, viajo aproximadamente cinco horas a Iquique para ver a mi familia”, señala.
Muchos de sus estudiantes son del sector, y los que viven más lejos, cuentan con un vehículo de transporte escolar.
Tradiciones y cultura
La trayectoria de la profesora Beatriz es también la historia de una comunidad, de un valle y de una identidad que se mantiene viva. Su labor combina la enseñanza curricular con un profundo compromiso cultural, emocional y pedagógico.
Cada 21 de junio, por ejemplo, lleva a cabo en la escuela una ceremonia con bailes tradicionales, rituales dirigidos a la Yatichiri (figura central del pueblo aymara, considerada un maestro).
Para venerar las tradiciones crean preparaciones gastronómicas típicas como la “Calapurca”, que consiste en una sopa que contiene carne, pollo, ají rocoto, pimiento, entre otros ingredientes. También, en el mes de agosto, organiza una caminata patrimonial donde lleva a sus estudiantes hasta un sitio arqueológico, para que conozcan los petroglifos.
Sus primeras experiencias en la ruralidad
Beatriz desde niña creció orgullosa de sus raíces, en un entorno principalmente agrícola. Ya en 6° básico se ofrecía para cuidar a sus tres hermanos y jugaba a ser profesora. “Me encantaba escribir en una pizarra que teníamos, ahí les enseñaba cuentos y leyendas”, señala.
Ingresó a la Universidad Católica del Norte, sede Iquique, donde estudió Pedagogía en Educación General Básica con mención en Ciencias Naturales. Al egresar, trabajó en escuelas ubicadas en la zona urbana de Iquique.
Pero, como era tradición en aquellos años, la Dirección Provincial de Educación de la región pronto la destinó a escuelas de la precordillera, para luego educar en la pampa y finalmente, en la ciudad.
Su primera experiencia en el área rural fue en Pisagua y luego, en 1984, en una escuela bidocente en la comuna de Colchane. Con los años, trabajó en la Escuela unidocente de Cuisama. Allí estuvo casi 14 años como profesora encargada de 1° a 6° básico, con 21 estudiantes.
Dedicó su trabajo a reforzar la autoestima y el orgullo cultural de mis estudiantes, enfrentando junto a ellos la discriminación que históricamente ha afectado a los estudiantes del interior a la hora de buscar oportunidades en las zonas urbanas.
En 2003, ella tuvo a su hijo menor, y dejó la Escuela de Cuisama y se estableció en Iquique. Pero, surgió la posibilidad de ser unidocente en la Escuela Básica de Moquella y se fue a trabajar allí hasta hoy.
“Ser unidocente implica una atención especial para mis estudiantes. Tengo que estar preparada para entregar todos los contenidos según el grado en que mis estudiantes se encuentran, porque yo quiero que mis niños y niñas sean de bien. Los valores son los más importantes en este momento para mí, porque yo, además de ser su profesora, también soy como su segunda mamá”, concluye la educadora.
Más experiencias de unidocentes en: Revista de Educación N° 416.