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Viola Soto Guzmán: CON EL ALMA PUESTA EN LA EDUCACIÓN PÚBLICA

26/04/16 por reveduc

Hija de profesores y de la educación pública chilena, Viola Soto Guzmán, Premio Nacional de Ciencias de la Educación 1991, recuerda en su último libro “TODA MI VIDA DEDICADA A LA EDUCACIÓN Chilena y Latinoamericana” (de Editorial Universitaria) cómo la enorme entrega de sus padres en el ejercicio de la docencia fue, de alguna manera, el punto de partida de su vocación.

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Foto: Gentileza Editorial Universitaria

En 1930 su madre, Viola Guzmán, fue designada directora del Liceo de Coquimbo, con la misión de reorganizar o cerrar ese establecimiento y la facultad para remover a todos los profesores que fuera necesario. Sin embargo, no cerró el liceo ni echó a nadie.

“Ella realizó una labor de mejoramiento del Liceo, transformándolo en una comunidad con sentido educacional democrático, practicando –en primer lugar- el diagnóstico de los problemas de la comunidad desde la propia experiencia de los profesores, en una permanente interacción con los padres y apoderados con un sentido de respeto al profesorado, a los alumnos y a la comunidad en general. En segundo lugar, incorporó a gran parte de la gente del puerto de Coquimbo en el trabajo directo a objeto de superar las carencias y dificultades que enfrentaba el Liceo. Para esa colaboración consiguió el apoyo de todos los sectores de la población. De acuerdo con sus profesores propició, por ejemplo, el apoyo educacional de los pequeños comerciantes del mercado en el aprendizaje de Matemáticas de los niños mediante las representaciones de billetes de colores que los alumnos llevaban para simular hacer compras y hacer los cálculos necesarios, ejercitando las operaciones básicas de la aritmética”.  

(Viola Soto Guzmán. TODA MI VIDA DEDICADA A LA EDUCACIÓN Chilena y Latinoamericana. Editorial Universitaria, 1ª. Ed., diciembre 2015)  

 

Dos años después, su madre se trasladó con ella y su hermano a San Fernando, donde asumió como directora del Liceo de Niñas, mientras su padre, Jorge Soto, continuaba con su trabajo de inspector en un Liceo de San Bernardo.

“La despedida a mi madre de parte de los habitantes de Coquimbo me marcó profundamente, tanto así que durante toda mi vida la he relatado como testimonio del amor y respeto por la profesión docente. Recuerdo que todo el mundo estaba en la calle, y que viajábamos mi madre, mi hermano y yo en una victoria descubierta; en ese andar recibimos pétalos de flores; era tan hermoso lo que acontecía que me sorprendió, y mi inocente imaginación de niña me llevó a preguntarle a mi madre: “mamá, ¿las profesoras son reinas?” Ella me contestó: “No hija, no somos reinas, pero la gente nos quiere cuando sabemos servir a sus hijos con amor”. Aquel fue el primer principio de la profesión que yo aprendí: Servir con amor”.

Sus primeros años en la educación pública

Viola Soto estudió en el Liceo de Niñas de Coquimbo y luego, en el Liceo de Niñas de San Fernando. Allí, recuerda que convivió con alumnas de distintas clases sociales y aprendió que “las personas valen por lo que son y no por lo que tienen”.

Asimismo, observó lo importante que podía llegar a ser la comunicación de los profesores con los padres de las alumnas/os, cómo las estudiantes y sus padres necesitaban de maestros que creyeran realmente en las capacidades de sus hijos/as para surgir a nivel escolar y profesional. Por ejemplo, relata que en una ocasión acompañó a su madre a una carnicería para averiguar qué había pasado con la hija del dueño, que no iba al colegio. La encontró trabajando como cajera, entonces le explicó a ese señor que la niña era brillante y que llegaría lejos. Al día siguiente, se reincorporó a clases.

Por otra parte, Viola menciona en el texto que su padre -que consiguió ser trasladado al Liceo de Hombres de San Fernando para estar junto a su familia- acogía con sencillez en su casa a autoridades del Ministerio de Educación y a muchas personas que se acercaban al Liceo en busca de apoyo y orientación para presentar obras de teatro, exposiciones de arte, conciertos, etc.

“En medio de estos encuentros culturales y sociales propiciados en nuestro hogar familiar, mi hermano Jorge y yo aprendimos a desenvolvernos entre personas cultas y proactivas, con la misma sencillez con que lo hacían nuestros padres. ¡Cuánto nos sirvió en nuestra vida aquella experiencia”, relata en su libro.

Son lecciones que fueron afianzando su vocación por servir a otros a través de la docencia. En 1939 ingresó a pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile que, fundado en 1889, fue el primero de su tipo en América Latina.

Grandes profesores, grandes maestros

Allí fue alumna de maestros como Roberto Munizaga (Primer Premio Nacional de Educación 1979), Eugenio Pereira Salas (Premio Nacional de Historia 1974), Pedro León Loyola (filósofo y rector por un breve período de la Universidad de Chile), Juan Gómez Millas (profesor, que llegó a ser ministro de Educación en los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Carlos Ibáñez del Campo) y Santiago Peña y Lillo (abogado y profesor de Historia y Geografía), entre otros.

El profesor León Loyola incluso le entregó las llaves de la biblioteca de su casa, pues sabía que Viola era de provincia y que necesitaba un lugar adecuado para estudiar. Juan Gómez Millas le hizo clases de Historia Universal y la motivó a ella y sus compañeros a ser proactivos, a investigar más sobre los temas tratados y entregar sus aportes en la clase siguiente. Santiago Peña y Lillo supervisó su práctica profesional, creía en ella como profesora y la ayudó a tener confianza en sus habilidades docentes.

Estos recuerdos Viola los destaca en su libro, donde también se refiere a Amanda Labarca, primera mujer que llegó a ser profesora titular de una universidad, y a la educadora Irma Salas. Ambas fueron sus profesoras en el Instituto Pedagógico y después tomaron parte en la creación del Liceo Experimental Manuel de Salas.

“Nos invitó varias veces a su casa para organizar algunos aprendizajes; nos sentaba en la alfombra cuando no había suficientes sillas y generaba un ambiente cálido que nos hacía sentir como sus amigos, desarrollando un vínculo comunitario de interaprendizaje entre profesora y alumnos(as). Confirmamos con ella que esta profesión era la madre de las profesiones. Mis compañeros de curso y yo nos dimos cuenta de la importancia que tenía nuestra elección profesional adscrita a una Educación democrática comunitaria con sentido orientador de nuestras acciones, el servicio de inclusión de todos los habitantes de nuestro país en la organización política, cultural, social y económica”, escribió sobre Amanda Labarca.

En el Liceo Experimental Manuel de Salas

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Foto: Curso generación 1957 en el Parque del Liceo junto a su profesora Viola Soto. Gentileza Editorial Universitaria.

 

En 1944 Viola comenzó a trabajar en el Liceo Experimental Manuel de Salas, donde se desempeñó por casi 30 años. Primero, fue Ayudante de Biblioteca mientras preparaba su tesis para obtener el título de profesora. Y en 1947, una vez recibida, obtuvo a través de un concurso público el cargo de profesora de Historia.

Allí conoció a quien luego sería su marido, Guillermo Pinto Meris, profesor de Historia a quien reconoce como su maestro guía y quien la ayudó a dar sus primeros pasos en la docencia.

“En una clase sobre la Colonia Chilena motivó al curso con la canción que decía “Cuándo se llegará el día de aquella feliz mañana; que nos lleven a los dos el desayuno a la cama, ¿cuándo?, ¿cuándo?, ¿cuándo mi vida cuándo?”, canción que entonó mirándome a los ojos en medio de la clase y de la sorpresa de los estudiantes”, recuerda en su libro.

Desde que comenzó a trabajar en este Liceo -que inicialmente era del Ministerio de Educación y luego, pasó a depender de la Facultad de Educación y Filosofía de la Universidad de Chile- se impregnó de la experiencia pedagógica de la Escuela Nueva que impulsó el filósofo y educador norteamericano John Dewey.

“Aquel espacio educativo era, por entonces, una comunidad de profesores, alumnos, personal administrativo y de servicio, padres y apoderados, en que todos y cada uno sabía que su meta era contribuir en la construcción de la democracia ciudadana en el país, en un ambiente pluralista y de trabajo intenso en equipo, con liderazgos compartidos que cambiaban según fueran los asuntos a abordar o a resolver –cuenta Viola en su autobiografía-. Sin lugar a dudas, ese espacio educativo fue mi GRAN ESCUELA, constituyendo una continuación formativa de lo vivido con el ejemplo de mis padres profesores, con sus liderazgos comunitarios, a la que se sumó luego mi experiencia con Guillermo Pinto, con la sólida formación que tenía en su disciplina y su capacidad de comunicación con todos, pues reconocía la diversidad de cada persona con sus aportes, y en las diferencias que tenía con ellos no veía enemigos”.

Una de sus antiguas alumnas, Myriam Bustos, hace memoria: “Viola Soto era una profesora a quien se le notaba que había elegido exactamente la carrera para la que tenía auténtica vocación. Desarrollaba sus clases con entusiasmo y narraba los hechos históricos como si se tratara de asuntos personales y de gran trascendencia”.

Gloria Ruiz, otra de sus alumnas, agrega que al llegar al Liceo en octavo básico lo que más le impactó fue “estar con esta profesora jefa que invadía todos nuestros ámbitos de vida”, en el sentido que establecía una excelente comunicación tanto con los alumnos como con los apoderados, y se responsabilizaba por lo que le pasaba a cada uno de sus estudiantes. Y es que en el Manuel de Salas muchos profesores tenían esa mística: eran cercanos y, al mismo tiempo, exigentes; sabían conquistar afectos, pero sin disminuir en nada el sentido del deber.

Algo que Viola se tomaba muy en serio era el bienestar familiar de sus alumnos. De hecho, una vez se enteró que el padre de un estudiante estaba cesante y rápidamente organizó a los compañeros de curso para que le llevaran una vez a la semana una canasta con alimentos básicos a su casa.

En 1958, asumió como Coordinadora General del Liceo, una tarea más que se sumaba a su rol de profesora de Historia y de profesora jefe. Desde ese cargo, que desempeño hasta 1973, gestionó diversos encuentros de los profesores con educadores destacados como el brasileño Paulo Freire. Siempre con el propósito de perfeccionar a los docentes del Liceo.

Creación del Servicio Nacional de Supervisión Escolar

Viola Soto también fue académica en la Escuela de Educación de la Universidad Católica de Chile (1957 a 1977) y en la Universidad de Chile (1962 a 1975).

Y en la educación superior, siguió aprendiendo: en 1949 hizo un postítulo en Psicología e Historia de la Cultura centrada en el Arte de la Universidad Central de Madrid (España). Y años después obtuvo la beca Fulbright (1960-1961), que le permitió financiar un master en Currículum Educacional de la Universidad de Syracuse, Nueva York (Estados Unidos).

En 1964 Juan Gómez Millas, su antiguo profesor, asumió como ministro de Educación del gobierno de Eduardo Frei Montalva. Y no dudó en ir a la casa de Viola para proponerle que lo ayudara a crear el Servicio Nacional de Supervisión Escolar.

“Yo me encontraba leyendo el diario junto con Guillermo, y mi hijo Rodrigo –de tres años que jugaba cerca- entra corriendo y nos dice: “Está aquí el Ministro de Educación”. Mi marido le dice: “No juegues con ese nombre”. Y don Juan Gómez Millas entra y dice: “Yo estoy aquí y empiezo mi cargo viniendo a buscar a Viola para que dé inicio al Servicio de Supervisión del país”. Le contesto: “Pero si yo jamás he estudiado supervisión”. Él me contesta sonriendo: “¿Y tú no tienes conciencia de tu cargo como Coordinadora del Liceo?, no es otra cosa que supervisión”, relata en su libro “TODA MI VIDA DEDICADA A LA EDUCACIÓN Chilena y Latinoamericana” (de Editorial Universitaria).

En esa misma publicación cuenta que incluso Juan Gómez Millas ya había hablado con la Directora del Liceo para que le diera dos años de permiso para instalar el servicio de Arica a Magallanes. Y así, Viola recorrió Chile, visitó cada provincia y se reunió con los directores de liceos y escuelas primarias. Les preguntó por las dificultades que vivían en sus comunidades educativas, los escuchó y los invitó a ser protagonistas de este proyecto, lo que facilitó su implementación en todo el país.

Esta mujer nunca se daba por vencida. El 30 de septiembre de 1975, cuando la dictadura militar prohibió que ejerciera su cargo y horas de docencia en la Universidad de Chile, rápidamente invirtió todas sus energías en escribir el libro “Desarrollo de Modelos Curriculares”, publicado en marzo de 1976. “Agotó dos ediciones el mismo año, distribuido básicamente en cadena por profesores y profesoras de Arica a Magallanes. Esta obra se difundió gracias a la red de profesionales chilenos con cargos en el exterior que trataron de ayudarme una vez que se enteraron de mi exoneración, especialmente Manuel Fábrega y Urit Lacoa en Venezuela y Mario Leyton en Unesco, Colombia”, relata Viola en su último libro.

Posteriormente, se desempeñó como Directora del Proyecto Multinacional de Currículum para América Latina y El Caribe (desde 1977 a 1982), en Caracas, Venezuela. Al regresar a Chile se reencontró con su marido, quien falleció en 1984. Entonces, se refugió en sus hijos y sus actividades profesionales. Participó en la creación de la Asociación Chilena de Currículum Educacional (ACHCED), cuya misión fue “establecer una relación persistente con académicos y profesores por medio de seminarios periódicos y encuentros anuales, en que nos dedicamos a la actualización y reflexión de nuestro quehacer educacional desde una mirada interdisciplinaria”. Fue elegida presidenta de la institución cinco veces consecutivas (1985 a 1989).

En 1990 asumió la Vicerrectoría Académica de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), cargo que desempeñó hasta 1993. Luego, dirigió el Programa de Postgrado y Postítulo de esta institución (1995 a 1999). Allí recibió la distinción de Profesora Emérita (1997) y de Doctora Honoris Causa de la UMCE (2006). En 1991 obtuvo la distinción Honoris Causa del Consejo Mundial de Educación y el Premio Nacional de Educación.

Portada Toda mi vida

Mensaje del Premio Nacional de Educación 2015

“Mi querida y siempre recordada señora Viola: ¡alégrese!

Uno de sus más antiguos alumnos ha recibido también el Premio Nacional de Ciencias de la Educación.

Nunca olvido que usted no sólo contribuyó tan fuertemente a mi formación inicial y me cuidó casi como hijo, abriéndome su hogar junto con don Guillermo. Usted fue decisiva para que escogiera el camino de la enseñanza y particularmente de la historia.

Tampoco olvido que en 1977 usted, desde Venezuela, me apoyó para que produjera mi primer estudio en la historiografía de la educación chilena, a la cual he seguido contribuyendo creo que con éxito.

He llegado hasta aquí, en alta medida gracias a usted, y sinceramente le dedico mi galardón.

Un fuerte y afectuoso abrazo de Iván Núñez”.

(Mensaje de Iván Núñez, Premio Nacional de Educación 2015, citado en el libro de Viola Soto Guzmán: “TODA MI VIDA DEDICADA A LA EDUCACIÓN Chilena y Latinoamericana”. Editorial Universitaria, 1ª. Ed., diciembre 2015).

 

 

 

 

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