Cultura

Unas pinceladas históricas a la emoción humana

11/05/21 por reveduc
Cuadro El Grito de Edvard Munch,1893. Foto de Dominio Público de Wikipedia.

Rabia, miedo, angustia, confusión, risa, alegría, placer, congoja, amor, indignación, asco, sorpresa, pudor, culpabilidad, vanidad, interés, indiferencia, vergüenza, son solo algunas de las cientos de manifestaciones que determinan, para bien o para mal, el comportamiento humano, y de las cuales jamás podríamos desprendernos porque son constitutivas de nuestra condición de seres vivos, intervienen en nuestra comunicación e involucran lo más complejo de nuestro sistema fisiológico y mental, son las llamadas emociones. Un vistazo a la génesis de ellas y algunos hitos históricos en su evolución, nos pueden ayudar a comprenderlas e integrarlas mejor en nuestro camino y aprendizaje individual y social de vida.

Ya sabemos que el cerebro humano es el órgano que genera, interpreta e integra las emociones. Allí se alojan más de 80 millones de neuronas y muchas de ellas se encuentran involucradas en los procesos emotivos. Las emociones tienen un papel fundamental en la vida: con ellas identificamos detonantes para actuar rápido ante un estímulo, amplificamos nuestra memoria, modificamos nuestro estado de alerta y propiciamos conductas para llamar la atención y obtener la comprensión social sobre nuestro estado de ánimo.

Hoy, gracias al avance tecnológico y los estudios científicos especializados, podemos conocer los circuitos neuronales y fisiológicos de las emociones. Así sabemos, por ejemplo, que cuanto más emocionado uno está, más se favorecen los procesos cognitivos de corto plazo. A menos de 5 segundos de haberse iniciado, la emoción atrapa al cerebro, aumenta la actividad de las estructuras límbicas y empieza a disminuir la lógica, la congruencia y los frenos sociales, que se alojan en la corteza prefrontal y la descarga de dopamina inhibe la parte más inteligente de nuestro cerebro. Este proceso fisiológico neuronal explica por qué, mientras más nos emocionamos, nos volvemos menos racionales, acatamos menos las reglas sociales y nos ponemos irreflexivos.

En menos de 8 segundos de haber aparecido el detonante emotivo o estímulo podemos etiquetarlo y así responder copiando de inmediato conductas como la risa o la sorpresa, también interpretándolas con llanto, enojo o asco. Y de ese modo tenemos la opción de seguir una actividad o alejarnos si aquello nos incomoda. En esto, los expertos dicen que tienen un rol esencial las neuronas espejo, ubicadas en el “giro del cíngulo” de la corteza cerebral.

Las emociones son clave en nuestra percepción del tiempo. Por ejemplo, si nos encontramos bajo una situación de estrés, contingencia o huida, las neuronas del hipotálamo se activan y aumentan la expresión de los genes reloj que nos ayudan a percibir el tiempo. Éstos pueden modificar la sensación del hambre, la saciedad, el deseo sexual y el control hormonal de la actividad cardiovascular, entre muchas otras cosas, acelerando la interpretación de los estímulos para que reaccionemos. También se libera oxitocina, una hormona asociada a los procesos de empatía y apego, podemos desarrollar rápido actividades prosociales de solidaridad y cooperación. Así las emociones nos aseguran la supervivencia.

Otros efectos con relación a la temporalidad. La tristeza puede dar la sensación de que el tiempo pasa muy rápido, en cambio, una prolongada melancolía nos puede hacer sentir que el tiempo se detiene. Al descansar después de una discusión, sentimos alivio. En tanto, el humor o la risa nos ayudan a disminuir las tensiones. Vale resaltar, que mientras más conscientes somos del proceso emocional, más capaces seremos de adaptarlo. Y esa adaptación, aparte de lo biológico, juega un rol fundamental en la construcción, transformación y mantenimiento del orden social y en la adaptación a la cultura en que estamos insertos.

LOS GRIEGOS: A LA CONQUISTA DE LAS EMOCIONES

El gran pensador griego, Aristóteles, es el primer autor que intenta dar una explicación racional a las emociones. Estamos hablando del siglo III a.C, cuando reinaba la idea de que las emociones o pasiones, respondían a fuerzas misteriosas y casi mágicas, pues eran enviadas por los dioses y eso las hacía indomables. Pese a eso, Aristóteles levantó una teoría racional sobre ellas al integrarlas con elementos cognitivos, es decir con las creencias y, nada menos, que con la disciplina ética. Propuso algo así como “un cultivo del alma mediante un cultivo de las emociones”.

El punto es que, para los tragediógrafos anteriores a Aristóteles, como Esquilo, Sófocles, Eurípides y otros, las emociones tenían una causa externa al individuo, se hacían presentes sin previo aviso y venían de un lugar desconocido. Aristóteles escribió en el año 365 a.C la Retórica II, allí elabora la teoría de la persuasión y reafirma que las emociones se forman sobre la base de las creencias, que son estructuras cognitivas y éstas adquieren un significado u otro dependiendo del estado emocional de cada uno. “No hacemos los mismos juicios estando tristes o alegres, o cuando amamos que cuando odiamos”, afirma en Retórica I, 1, 1358 a 14. Lo más notable es que elabora una teoría de lo mental que incluye descripciones objetivas de fenómenos subjetivos y sienta así las bases del modelo de “causalidad psicológica” y él distingue varias emociones: la ira y la calma, el amor y el odio, el temor y la confianza, la vergüenza y la desvergüenza, la generalidad, la compasión, la indignación, la envidia, la emulación.

Además de revolucionar el tema, Aristóteles deja claro que su análisis de las emociones tiene carácter universal, que es válido para todos los hombres, no solamente para los griegos. Fue bastante osado, ya que en esa época los griegos eran etnocentristas y consideraban bárbaros a todos los que no fuesen como ellos. En síntesis, el pensador plantea la necesidad de “cultivar” nuestras emociones como tarea ética propia de la vida virtuosa. “La integración de lo racional y lo emocional y la superación del dualismo y el materialismo en una forma de monismo de aspecto dual, pueden ser encontrados en Aristóteles. Ambos son no sólo vigentes sino centrales en las reflexiones actuales de la filosofía de la mente, psicoanálisis y neurociencias”, sostiene Pablo Quintanilla, en su ensayo “La conquista aristotélica de las emociones” (Revista Psicoanálisis N° 5, Lima, 2007).

Reportaje completo en: Revista de Educación N° 393.

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