Conversando

Premio Nacional de Educación 2015: “RETOMAR LA LÓGICA DE ‘EDUCARSE JUNTOS’ ES UNA TAREA DE DÉCADAS”

25/11/15 por reveduc

Iván Núñez Prieto, es un reconocido investigador y profesor de Estado de Historia, Geografía y Educación Cívica de la Universidad de Chile, fue elegido el martes 25 de agosto, por unanimidad, Premio Nacional de Ciencias de la Educación 2015. En entrevista exclusiva, se refiere a este reconocimiento y a las características de la cultura chilena con las que deberá lidiar la Reforma Educacional para tener éxito.  

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¿Qué significa este Premio para usted?

En lo inmediato, una sucesión de emociones y requerimientos a las que ya había perdido costumbre, pasar del anonimato y de la soledad de los archivos y bibliotecas a la plaza pública de nuevo. Es muy emocionante por una parte y muy apremiante por otra. Así como Tomás Moulian habla de “el consumo me consume”,  frase con que tituló uno de sus libros, yo diría que “el premio me apremia”.

¿Qué quiere decir con esta frase exactamente?

Me apremia porque me permite restablecer relaciones con gente con quienes he compartido por muchos años, que buscan felicitarme y establecer de nuevo lazos, eso es muy gratificante y también demandante. Mucha entrevista, mucha invitación a eventos. Además, si el Premio es otorgado por el Estado chileno y el Ministerio de Educación en particular, creo que tengo que responder con mayor servicio público, que ya presté a la educación.

¿Cuándo empieza la historia educativa en Chile?

Los historiadores de la época republicana, como Diego Barros Arana, le dedicaron a la educación capítulos enteros de sus obras. Algunos historiadores, del siglo XIX, son más bien recopiladores de fuentes, muestran el pasado a través de colecciones documentales. Entonces es bien difícil decir cuándo comienza esto. Cristián Gazmuri, de la Universidad Católica, identifica en su obra a los primeros historiadores de la educación.

Yo le rindo tributo a una figura que me conmueve: José María Muñoz Hermosilla, un maestro normalista, uno de los primeros que el gobierno chileno envió a estudiar a Alemania en 1885. Estuvo varios años allá y volvió formado en la mejor pedagogía para la educación primaria de la época. Escribió “Historia Elemental de la Pedagogía Chilena”, libro en el que sigue ciertas reglas del trabajo historiográfico, pero que tiene mucho de testimonio personal. A mi juicio esta obra es muy ilustrativa respecto de lo que fue la educación chilena en el siglo XIX.

¿Cómo ha sido el camino de nuestra educación, fluido o azaroso, fácil o difícil?

Uno podría asombrarse en primer lugar del crecimiento: cómo a partir de un puñado de escuelas primarias, unidocentes, que existían desde comienzos de la Independencia, se generó el sistema educativo gigante que tenemos hoy día. Esa expansión es notable. Es un proceso que hay que mirar más de cerca.

Lo segundo que destacaría, y es algo que se repite constantemente en los debates de políticas educacionales, es que Chile ha tenido siempre un sistema mixto en que se ha combinado la presencia del Estado con el aporte de la sociedad civil, de los privados.

Hubo un momento en la década de los años 20, con Alessandri en adelante, en que las élites y sectores más amplios que estaban organizados aceptaron una fórmula que permanece en la legislación chilena: “la educación es una función del Estado y la educación privada es colaboradora de dicha función”. Esa fórmula se adoptó. Y en el primer gobierno de Ibañez quedó mucho mejor concretado ese equilibrio, con la aceptación de parte del mundo privado y de la Iglesia. Cada uno de estos actores supo ponerse de acuerdo.

En 1980 tenemos un tsunami que fue la gran liberalización de la educación, que desbalanceó completamente esta fórmula que había perdurado y logrado grandes avances de los años 20 a los 80. Se produjo un desequilibrio que no ha vuelto a re-equilibrarse.

Hoy día se habla de la segmentación como uno de los grandes problemas que tenemos que resolver…

Efectivamente. El sistema educacional nació segmentado. Y se mantuvo segmentado a pesar del predominio de la acción estatal. En los siglos XIX y XX, hasta los años 80, vemos la segmentación de la educación pública expresada en términos de enseñanza primaria, secundaria y técnico profesional.

El aparato del Estado se dividió en estas tres ramas que tenían sus códigos propios, su estructura propia, una relación particular con la sociedad al mirar a distintos segmentos de ella. Esto independiente de la diferencia entre educación pública estatal o educación privada o de élite que también había.

¿Y entonces quedó la educación escolar técnica rezagada?

Sí. Y la primaria también. La educación privilegiada era la secundaria porque permitía el acceso a la educación superior y la integración a las élites.

Hay que recordar un hecho bastante simbólico de esta segmentación: la existencia de las preparatorias en los liceos. A fines del siglo XIX, los niños de clase media no iban a las escuelas primarias comunes, no se mezclaban con los rotos, entraban a las preparatorias anexas al liceo y pasaban fácilmente de esos primeros cursos al liceo mismo, a la secundaria. Esas preparatorias no tenían nada que ver con las escuelas primarias comunes del propio Estado.

A comienzos del siglo XX se agudizó la segmentación, cuando con toda buena voluntad el senador Pedro Bannen impulsó lo que él llamó las “escuelas para proletarios”, o sea, para niños que no eran deseables en la escuela primaria común estatal. El Estado no acogió esto y él reunió los recursos para crear esta red de establecimientos dirigida a los más pobres de los pobres, separada de las escuelas para pobres.

 

LA FORMACIÓN DE PROFESORES FUE UN VEHÍCULO DE ASCENSO SOCIAL Y DE APERTURA DE OPORTUNIDADES CULTURALES Y DE DESARROLLO POLÍTICO DE GENTE QUE A LO MEJOR NO HABRÍA SIDO ACOGIDA POR EL LICEO.

 

Hay una foto de la primera escuela de proletarios de Chile, con los niños con sombrero y descalzos.

Sí, en el Museo Pedagógico. La he visto. No duró mucho la aventura, fueron desapareciendo, pero es algo simbólico. Teníamos las escuelas para proletarios, las escuelas primarias comunes estatales que eran mayoritarias y las preparatorias de liceos. Un sistema ¡totalmente segmentado!

La más grande disyunción en términos de formación: las Escuelas Normales v/s el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y otras universidades que fueron creando sus propias carreras a semejanza del Pedagógico. Porque la formación es muy distinta en uno y otro caso.

¿Algún aspecto en común?

Ambas proveyeron al país de muchos talentos que se desarrollaron más allá del ejercicio docente. Por ejemplo, Humberto Díaz Casanueva, director de la Revista de Educación Primaria y Premio Nacional de Literatura, se formó en la Escuela Normal. Y Nicanor Parra, en el Pedagógico. Raúl Rettig también era normalista, pero en Concepción siguió con su carrera de abogado, por lo que tuvo un corto paso por la escuela primaria.

Freddy Soto, en su libro “Historia de la Educación Chilena”, incluye profesores de todo orden, no sólo normalistas. Ahí se encuentran algunos que derivaron hacia la literatura, otros hacia la política. También hay quienes terminaron como hombres de ciencia. Muchos de los mejores historiadores de Chile de mediados del siglo XIX y XX, eran docentes que estudiaron o enseñaron en el Pedagógico.

La formación de profesores fue un vehículo de ascenso social y de apertura de oportunidades culturales y de desarrollo político de gente que a lo mejor no habría sido acogida por el liceo.

¿Cómo estamos ahora?  

La obra de los gobiernos de la Concertación yo la veo como un esfuerzo por ampliar oportunidades con equidad. Los cambios en la reforma curricular, las iniciativas para mejorar la profesión docente, son avances. Pero también comparto las palabras de uno de los representantes de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), que dijo que aquí en Chile desde los 90 en adelante venía produciéndose un proceso muy significativo que valorizó lo que había ocurrido, pero que se estaba bloqueando por obstáculos socioculturales, e invitó a los chilenos a hacerse cargo de esto. Nos estaba diciendo que la lógica privatizante estaba desvalorizando lo que se había hecho.

El gobierno de entonces tal vez no valorizó suficientemente el mensaje que dejó la OCDE porque estalló el movimiento pingüino. De ahí en adelante viene toda una sucesión de esfuerzos, cambios de política educacional, que están culminando con la Reforma de hoy día que quiere dar respuesta a desafíos que surgieron hace más de 10 años.

La Reforma Educacional planteada por la Presidenta Michelle Bachelet quiere salir al paso frente al fenómeno del proceso de segmentación y debilitamiento de la cohesión social que trae consigo el sistema educacional chileno, tan dependiente de los ingresos de las familias, capitales culturales, etc. Hay un propósito de igualación y de reponer la lógica republicana de educarse juntos, pero reformar estructural y tan profundamente la educación chilena, no sólo en su institucionalidad y modo de financiarse sino en sus prácticas educacionales y pedagógicas, incluso en el aula, en el qué enseñamos, todo eso siempre es tarea de décadas.

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Desde su investidura como Premio Nacional, ¿qué mensaje entregaría a los docentes?

Hay unanimidad en el sentido de que tiene que ser un profesional. En mi opinión, educar profesionalmente implica manejarse en muchos dominios, que sólo pueden adquirirse acercándose al mundo de la investigación. El profesor debe haberse formado en esta área y, en lo posible, al menos ser investigador de su cotidianeidad, de sus prácticas.

¿Un personaje admirable para usted en educación?

Yo tengo mis heroínas cercanas. Una de ellas, a la que he tratado de sacar del anonimato, es Abdolomira Urrutia, una maestra normalista de las muchas que militaban en la Asociación General de Profesores, que era el gremio reformista de inspiración libertaria que abrió la puerta a la reforma de 1928 y todo lo que viene después.

Participó en un congreso de maestros en 1927 en Talca y allí defendió los derechos de la mujer soltera, incluso para tener sus hijos. Dijo: “Los hombres se sacan el sombrero cuando pasa una carroza con un difunto, pero nadie se saca el sombrero cuando pasa una mujer embarazada”. Su discurso causó revuelo en la sociedad de su tiempo. Hubo anatema del obispo de Talca, quien se preguntaba: “¿a dónde vamos a llegar cuando entre los maestros se preconiza el amor libre?” La prensa de izquierda y la prensa obrera la defendió; la del establishment la criticó.

¿Por qué la siento tan cercana a mí? Porque la conocí personalmente, era amiga de mi padre y vivía en la población de profesores donde nosotros vivíamos. Después del 11 de septiembre, tuve problemas con mis libros y ella los guardó, los escondió. Murió, desgraciadamente no alcancé a darle las gracias, pero su gesto me llegó.

Cuando trabajé en provincia, fui corresponsal de una revista pedagógica que se editaba en Curicó. Y había una red de corresponsales en todo el país; ella figuraba ahí escribiendo. Recientemente supe que en un país de Centroamérica la reconocieron por sus escritos y la distinguieron como una de las grandes pedagogas chilenas.

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