Conversando

Nolfa Ibáñez, Premio Nacional de Educación 2021: A la vanguardia en inclusión y creatividad

08/10/21 por

“Las directrices eran todos los niños y niñas son iguales y hay que aceptarlos tal como son. Eso hizo que nadie focalizara su interés en las particularidades de los niños y niñas que tuve en ese período. Y ellos aprendían no solamente desde el punto de vista cognitivo, también evolucionaban a partir de sus propias dificultades motoras. Hubo niños que habían sido expulsados de otros jardines, y acá modificaron sus conductas y fueron aceptados por sus compañeros”, recuerda esta docente de Educación Diferencial, al evocar la época en que dirigió su propio jardín infantil. Hoy, tras ser elegida Premio Nacional de Educación 2021, aborda en entrevista con Revista de Educación su trayectoria como profesora, académica e investigadora en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE).

¿Qué la motivó a estudiar pedagogía y, en particular, a especializarse en educación diferencial?

Es un poco inusual el inicio porque yo hacía 15 años había salido de educación media, en esos años eran humanidades. Siempre me gustaron los niños, sentía curiosidad por las capacidades reflexivas que se suponía que no tenían, pero que tenían. Y a nivel familiar, era madre de dos hijos, después tuve a mi última hija, pero en ese entonces eran dos.

Nos trasladamos a vivir con mi mamá y levanté un pequeño emprendimiento: un jardín infantil en lo que había sido mi casa. Lo dirigí administrativamente y quienes estaban a cargo de lo académico, obviamente eran educadoras.

Allí instauré una suerte de lógica, que afortunadamente todas las personas que trabajaban conmigo compartieron, que era no poner ningún requisito de ingreso, excepto la edad. A los papás no se les preguntaba nada de los niños fuera de lo que es responsable preguntar: remedios, etc. Y en ese proceso tuve varios niños con necesidades educativas especiales, término que entonces no existía. Y pude ver cómo ellos aprendían al estar con compañeros y compañeras que no tenían ninguna dificultad y que éstos últimos, que eran la mayoría, tampoco tenían dificultad alguna para relacionarse con ellos, los aceptaban absolutamente.

Las directrices eran “todos los niños y niñas son iguales” y “hay que aceptarlos tal como son”. Eso hizo que nadie focalizara su interés en las particularidades de los niños y niñas que tuve en ese período. Y ellos aprendían no solamente desde el punto de vista cognitivo, también evolucionaban a partir de sus propias dificultades motoras. Hubo niños que habían sido expulsados de otros jardines, y acá modificaron sus conductas y fueron aceptados por sus compañeros. Entonces, me dije: “tengo que hacer algo para cambiar esta imagen colectiva de la sociedad chilena en relación al otro diferente”. Y ahí postulé a la Universidad de Chile para estudiar educación diferencial.

Leí que usted en ese jardín infantil desarrolló un proyecto pedagógico que se basó en la educación psicomotriz y la educación por el arte, ¿podría contarme en qué consistía?

Quise hacer algo distinto. No un jardín para que los niños hicieran apresto de lectoescritura o de cálculo, sino un espacio donde los niños pudieran desarrollarse en forma integral. En ese tiempo, dos autores europeos fueron mis referentes: Viktor Lowenfeld en el caso de la educación por el arte y Louis Picq y Pierre Vayer, en la educación sicomotriz.

Con el apoyo de mi hermano que era médico pediatra y la Dra. Capdeville que era neuropsiquiatra infantil, hicimos la adecuación de los programas de sicomotricidad de Picq y Vayer, para que fueran útiles para niños sin dificultades. Y en base a eso establecimos un programa que dio resultados increíbles. Hubo una apropiación del espacio, un uso de la corporalidad muy extraordinario para esas edades. Y entre los que no tenían dificultades había siempre 1 ó 2 que sí las tenían: era muy interesante ver cómo estos niños “florecían” estando con sus pares en igualdad de condiciones.

Entrevista completa en: Revista de Educación N° 395.


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