Cultura

Nicanor Parra: 100 años de vida, 50 años de profesor

31/03/15 por reveduc

Su genialidad la supo traspasar a sus clases. Profesor de liceo, académico universitario y maestro de un taller literario que reunía a jóvenes promesas de la literatura y a futuros ingenieros de la Universidad de Chile, en su medio siglo de vida dio clases que ellos jamás olvidaron. Hay quienes sostienen que aprendieron a mirar la realidad desde otro punto de vista, desde el prisma de un personaje tan sorprendente como Parra.

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Los antipoemas estuvieron a un paso de la extinción. El propio Nicanor Parra recuerda que tiene una deuda con “Sherlock Holmes”, nombre con el que se refiere al poeta Pablo Neruda. “Una vez íbamos a su casa en Isla Negra, decididos a leer poesía todo el fin de semana, acompañados de un poeta venezolano. Pasamos a hacer un aro en Melipilla. Y esa noche frente a la chimenea en Isla Negra -creo que ahí había unas damas de la localidad que visitaban en ese tiempo a Pablito-, se trataba de hacer una lectura de poemas. Cuando me tocó el turno a mí, yo no pude leer nada porque se había perdido la maleta, una maleta de suela café, de la Talabartería Inglesa, con todos los antipoemas, absolutamente todos y eran los únicos manuscritos que tenía. Entonces, yo caí en un estado de coma”.

Esta historia, que el poeta relató a Leonidas Morales en su libro “Conversaciones con Nicanor Parra”, continúa: “El asunto es que al día siguiente, o tal vez esa misma noche, después de unas dos o tres horas, (Neruda) entró al living y dijo: “Aquí vamos a hacer un acto de magia”. Vino con una manta, y esta manta lo cubría de la cintura hacia abajo. Se veía que había algo entre la manta y él. Dijo unas palabras medio misteriosas, y de repente de debajo de la manta sacó la maleta con los poemas. Él entonces es responsable de que hayan aparecido los antipoemas y de que se hayan publicado alguna vez. La maleta se había quedado en Melipilla y un chofer de una de las micros la trajo y la entregó. Eso es inaudito, porque el maletín era de buena clase”.

Este episodio tuvo lugar cuando Nicanor -el único de los ocho hermanos Parra que tuvo estudios más allá de la enseñanza primaria- ya se había graduado como profesor de Matemáticas y Física en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Incluso había hecho un postgrado en la Universidad de Brown, Rhode Island (EE.UU.), becado por el Institute of International Education. Regresó al país con este nuevo diploma en 1945 y al año siguiente fue contratado como profesor titular de Mecánica Racional en la Universidad de Chile, donde inició formalmente una carrera docente que duraría medio siglo.

En el Pedagógico de la Universidad de Chile

Foto1NicanorNicanor algunos años antes había tenido la experiencia de enseñar en la educación pública. En 1937 dictó clases en el Liceo de Hombres de Chillán para hacer clases y dos años después consiguió trabajo como profesor de Física en el Internado Nacional Barros Arana y de Matemáticas en la Escuela de Artes y Oficios.

Posteriormente, en la Universidad de Chile, comenzó a dar clases de Matemática y Física. En 1948 asumió como director interino de la Escuela de Ingeniería, pero al año siguiente emprendió el vuelo: una beca otorgada por el British Council le permitió viajar a Inglaterra para estudiar física y cosmología en la Universidad de Oxford. Allí Shakespeare capturó su atención y dejó de asistir al doctorado. Los funcionarios del British Council le preguntaron por lo ocurrido y él les recitó de memoria el soliloquio de Hamlet. En un principio lo amenazaron con cancelarle la beca, pero finalmente se la extendieron por dos años más y le explicaron la decisión con palabras memorables: “Oxford se hizo para perder el tiempo; claro, de la manera más provechosa posible”.

De regreso en su país, trabajó como profesor de matemáticas y física en la Universidad de Chile y en 1968 fue nombrado profesor titular de Física en la Escuela de Ingeniería de ese plantel. A partir de 1972 -y por 22 años- enseñó literatura a los futuros ingenieros, geólogos, físicos y matemáticos. Los martes y jueves, la sala G105 -ubicada en calle Beauchef 850- era testigo de la misma secuencia: Parra aparecía ahí, nunca antes de las 11.45 ni después de las 11.50, para hacer su clase.

Arturo Cifuentes, director académico del CREM (Centro de Regulación y Estabilidad Macrofinanciera) de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, fue alumno suyo a fines de los 70. “Siempre había gente que iba a escucharlo. Él era muy receptivo y nunca echó a alguien por no estar inscrito en su curso. Además, era bastante iconoclasta, no tenía respeto por muchas cosas establecidas y, en cambio, sí tenía un gran respeto por la “sabiduría popular”. En ese curso se discutió mucho el Cristo de Elqui”.

Uno de los episodios que recuerda es el siguiente: “En una clase se conversó sobre cómo ven la caída de una piedra, lanzada desde lo alto hacia el suelo, personas tan diferentes como Aristóteles, Newton, Einstein y un poeta. Cómo describiría cada uno de ellos la trayectoria de una piedra… Parra nos hacía pensar”.

El fotógrafo Marcelo Porta -quien este año montó la exposición “Antiprofesor: 60 años de Poemas y Antipoemas” en la Universidad Diego Portales y posteriormente, “Antiprofesor, Antipoeta Nicanor Parra” en el Instituto Cervantes de Nueva York- fue su alumno en un curso de 1988. “Allí se abordaban temas de literatura, arte y ciencia. Se hablaba de Carlos Pezoa Véliz, de Rubén Darío, de Nietzsche. Se hablaba de lo que tuviera desvelado a Parra en ese momento. Cada clase era una charla magistral impredecible. Planteaba poemas – problemas a sus alumnos, matemáticos o ingenieros, como ¿cuánto vale la Tierra a dólar el gramo?”. Al final del curso les decía que la solución era una ecuación. La desarrollaba en el pizarrón y escribía: “Y el que no me crea, que pese la Tierra”. Ése era Nicanor”.

Singular evaluación

 

Tanto Arturo Cifuentes como Marcelo Porta afirman que Parra jamás se preocupó de registrar la asistencia. La única evaluación que hacía consistía en pedir una carpeta que debía incluir textos leídos en clase intervenidos o, como él decía, “procesados”. La idea era que estuvieran llenos de anotaciones y notas al margen, con párrafos modificados o puestos en otro lugar. También debía incluir un ensayo sobre un tema trabajado en clases y una creación literaria original del alumno. La nota de ese trabajo se repetía en todos los casilleros de evaluaciones que pedía el acta de la escuela.

En 1993, Marcelo Porta supo que Nicanor haría su último semestre de clases y quiso dejar un registro visual. Le preguntó si podía fotografiar sus anotaciones en el pizarrón, que eran verdaderos poemas y artefactos. Su propósito lo pudo cumplir en las últimas 10 clases de ese semestre, que giró en torno al tema “Hamlet, Príncipe de Dinamarca”. Al mismo tiempo, comenzó a acompañarlo a almorzar y a tener una relación más cercana. “Yo diría que se forjó una amistad. Una vez me preguntó por qué no había tomado fotos de una situación que se había producido en clases. Entonces le pregunté si podía tomar imágenes de todo y así, de a poco, pude empezar a retratarlo a él junto a las pizarras”.

Finalmente, el último semestre de clases de Parra fue en 1994, pero gracias al trabajo efectuado por Marcelo Porta el año anterior hoy existe un registro de más de 200 imágenes y una filmación en cine 16mm. de 10 minutos donde es posible ver al profesor Parra en acción.

 

A pasos de Beauchef 850: el taller de Nicanor

 

Su taller literario adquirió fama legendaria y entre sus alumnos se encontraban figuras como Diamela Eltit, Raúl Zurita, Arturo Fontaine y Pablo Oyarzún, además de uno que otro alumno de la Escuela de Ingeniería.

Eric Goles Chacc, físico y matemático chileno que llegó a ser Premio Nacional de Ciencias Exactas 1993, fue uno de estos jóvenes. Él recuerda muy bien cómo Parra llegaba a este taller con una maleta -sí, una maleta, no un maletín- y sacaba libros y libros, también un cuaderno donde con letra grande había apuntado sus ocurrencias de aquella semana.

“Ahí pasaban cosas geniales -afirma Goles-. Siempre llegaba gente a la sala donde nos reuníamos, en el Instituto de Estudios Humanistas de la Escuela, buscando a Nicanor. Un día un vendedor de libros venía a cobrarle una cuenta a Parra. Él le dijo: “Cuéntele a mis colegas acá quién es usted” y el hombre se paró adelante y comenzó a contar lo que hacía. Nicanor tenía la magia de hacer de esa banalidad, como era cobrar una cuenta, algo distinto. Y en ese entorno se hacía un diálogo que era extremadamente poético”.

Foto7NicanorEn otra ocasión, se atrevió a leerle un poema suyo a Parra mientras tomaban un té en el casino de la Facultad de Economía. “Me dijo: “Mira Goles, si tú te metes a hacer esto tiene que ser como el mejor. Tú eres matemático, tienes que aspirar a ser como Euler”. ¡Euler es el genio matemático más importante de la historia! En el fondo, me decía: eres mejor como matemático que como poeta. No era una ofensa, sino una ironía que tiraba para arriba”.

Arturo Cifuentes recuerda que Parra usaba en este taller un método “pedagógico” que él llamaba “divagaciones compulsivas”. “Era una manera elegante de decir que la clase seguía un ritmo y una dirección más o menos libre, donde lo llevara la imaginación”, explica.

Un día, una vez terminado el taller, Cifuentes y Nicanor comenzaron a hablar sobre Dios. Este último, riéndose un poco del catecismo, recitó con voz gruesa e irónica: “Dios existe; Dios es único; Dios está en todas partes”. “Es como el conjunto vacío”, le contestó Arturo. Una semana después, se juntaron en la casa que el poeta tenía en La Reina para conversar qué significaba el conjunto vacío; al día siguiente era el cumpleaños de Barraquito (así llamaba Parra cariñosamente a Juan de Dios, uno de sus hijos), que esa noche preguntó varias veces si tendría que dar “muchos apechados” el día de su cumpleaños.

Años más tarde Nicanor publicaría “Chistes para desorientar a la poesía”, una caja llena de tarjetas postales con versos cortos. Uno de ellos decía: “El conjunto vacío (sin música y sin instrumentos) existe; es único y está en todas partes”.

“Ahí estaba, mi única contribución a la poesía, validada por Parra”, comenta Arturo Cifuentes, quien hasta hoy conserva, como si fuera un tesoro, el cuaderno que utilizaba en ese taller. Allí están anotados aquellos autores y/o textos que todo poeta debe leer según Ezra Pound, uno de los escritores favoritos de Parra: Confucio completo (versión francesa), Homero completo (traducción latina), Ovidio (poeta romano). También hay comentarios sobre Blaise Cendrars y la Prosa del Transiberiano, otro favorito de Parra.

“Era un taller bastante ecléctico donde se leía y se conversaba mucho -explica Arturo-. Recuerdo que hablaba mucho de Martín Fierro (de José Hernández). ¡Le encantaba! Muchas veces andaba con uno a mano y podía recitar de memoria algunas partes”.

Fue en estos talleres literarios que dirigía Nicanor Parra donde Raúl Zurita leyó los primeros poemas que formarían después parte de su obra “Anteparaíso”.

“Para mí, honestamente, pasar por este taller fue algo tan importante como mis cursos formadores en matemáticas de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. Fue tan formador como eso, me abrió la cabeza, me permitió ser osado, perder el temor a hacer el ridículo. Me enamoré profundamente de la creatividad y quien me instó en ese camino personal fue Nicanor. ¡Él fue un maestro!”, concluye Eric Goles visiblemente emocionado.

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