Cultura

María Isabel Orellana, directora del Museo de la Educación Gabriela Mistral: “SENTIMIENTOS EN BUSCA DE CIENCIA”

06/09/16 por reveduc

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Es el título de un interesante sondeo histórico acerca de la introducción y el rol jugado por las mujeres en el campo científico nacional. Su autora es María Isabel Orellana, profesora de Estado en Historia, Geografía y Educación Cívica, quien cuenta con una larga carrera como investigadora y docente universitaria. También ha trabajado en diversos proyectos museales. En ese contexto, estuvo a cargo de la restauración y renovación del Museo de la Educación Gabriela Mistral, del que es directora desde septiembre de 2003.

 

¿Qué inspira esta investigación y por qué uno de sus últimos libros se llama “Sentimientos en busca de ciencia”?

Nosotros somos el único, el primer museo en Chile, que incorporó la perspectiva de género en la muestra permanente. Es decir, toda esa selección se hizo pensando en visibilizar a las mujeres y de alguna manera construir las masculinidades, porque siempre se habla del prócer, del héroe, del señor rudo, apasionado y una serie de cosas que en la realidad no son. Los hombres son frágiles emocionalmente, igual que las mujeres.

El interés por los temas de género y la historia de las mujeres lo tenemos desde antes que el museo se reabriera en 2006. Una de nuestras líneas de trabajo es el género, en todos los ámbitos: visitas guiadas,  actividades de extensión y de investigación. Otra línea de trabajo que tenemos instalada es la infancia.

El nombre de este libro nació porque al revisar las fuentes me di cuenta que habían tres argumentos que pesaban significativamente con respecto a por qué las mujeres no tenían que estudiar ciencia: uno era que se iban a alejar de Dios; el otro, que iban a parecerse más a los hombres; y el tercero, que eran un manojo de sentimientos, incapaces de una actitud racional.

¿No tenían la frialdad necesaria para la ciencia?

La ciencia era masculina porque era racional. La racionalidad científica era privativa de los hombres porque se concebía que las mujeres sólo nos desenvolvíamos desde los sentimientos y además, se otorgaba a ese plano, a los sentimientos, una connotación negativa.

¿Cuál es el episodio que marca un hito en relación con las mujeres y la ciencia?

El hito es en la década de 1870. En 1877 se promulga el Decreto Amunátegui, que declara que “las mujeres deben ser admitidas a rendir exámenes válidos para obtener títulos profesionales, con tal que ellas se sometan para ello a las mismas disposiciones a que están sujetos los hombres”. Pero hubo una discusión previa, que empezó a principios de esa década, cuando Isabel Lebrún de Pinochet y Antonia Tarragó solicitaron que las niñas de sus liceos pudieran dar exámenes para entrar a la universidad. Pero en estricto rigor las mujeres nunca tuvieron la prohibición en Chile de estudiar en la universidad, nunca hubo un papel que dijera que ellas no podían entrar, sino que era un asunto de la costumbre.

Lo interesante es que las mujeres tenían muchas veces los mismos prejuicios con respecto a por qué sus pares no podían estudiar, entonces hay todo un discurso femenino en contra, no son solo hombres quienes se oponían. Por supuesto, había hombres que estaban a favor de que las mujeres estudiaran, aquellos de los sectores más liberales.

Obviamente las mujeres que querían estudiar pertenecían a una élite intelectual, de sectores acomodados. Eran hijas nacidas en familias liberales, por eso sus padres las apoyaron. En cambio, a las mujeres del pueblo se les educaba para tener un oficio y punto, no entraba ahí la lógica que pudieran desarrollarse profesionalmente.

Gabriela Mistral luchó para que en los colegios técnicos a las mujeres se les enseñaran oficios, más allá de educarlas para que se casaran.

Ella tiene un texto precioso que se llama la “Educación de la mujer” y lo escribió cuando todavía no cumplía 17 años. Lo fascinante de ese texto es que tiene cosas muy simbólicas: lo escribió el 8 de marzo de 1906, antes que esa fecha significara algo en términos de la mujer; y ella cumplía 17 años en abril, por lo tanto lo escribió cuando aún no cumplía 17 años y el texto es de una potencia increíble. Allí ella hace una argumentación en relación a la idea de que las mujeres iban a dejar de ser creyentes, dice que mejor que poder conocer los misterios del Altísimo, porque ella era una persona bastante religiosa. Es muy lindo el texto y no es muy largo, le valió muchas animadversiones.

¿Cómo fue el proceso para llegar a este libro?

Largo. Este libro uno lo podría encasillar en lo que se llama la historia pública, pero llevado al plano de la ciencia podemos hablar de un libro de divulgación, que es parte de una investigación que todavía estoy realizando. De hecho, esta investigación va a dar como producto otro libro, donde va  haber más información.

Además, cuenta con hartas fotografías, que no son un adorno sino que sirven para entender cómo se dan los procesos. Nosotros reivindicamos la fotografía como una fuente documental importante, pues dice mucho.

Aquí en el Museo tenemos fotografías escolares, de cursos, década por década, y encuentras que van cambiando los niños, pero todos están sentados en la misma posición, hay un globo terráqueo a un lado y al otro, un compás. Uno dice: “Hay una lógica de la disciplina escolar que se refleja en esta fotografía”. Se pueden analizar muchas cosas: la formación de ciudadanía, cómo pasan los símbolos patrios, etc.

Este libro es una publicación que el Museo hace no solo para un público especializado, sino para uno no especializado pero que le interesa la historia o la ciencia. Está en esa lógica y es parte de una investigación mayor.

¿Cuál fue la tesis planteada para desarrollar el texto, o sea, el hilo conductor?

La tesis apunta a visibilizar a la mujer. Eso es algo macro para el proyecto completo. En esta primera etapa, quería analizar por qué había sido tan lento el proceso del acceso de la mujer a la universidad. El año en que se promulga el decreto Amunátegui no entran mujeres, en la década siguiente entran las primeras y en los 10 primeros años se deben haber titulado unas 10. Es una proporción mínima, aun considerando que no toda la gente podía ir a la universidad.

El libro concluye en 1930, porque al cumplirse los 50 años del decreto Amunátegui en 1927, se hizo una recopilación que se publicó el año 1928. Y con eso ya se tiene una idea de lo que estaba pasando: cuántas mujeres habían estudiado hasta la fecha, en qué áreas, etc. ¿Qué estudiaban más las mujeres? Pedagogía. También ciencias, pero aquellas vinculadas con el cuidado de la salud: medicina, enfermería. En ingeniería es inexistente la presencia de las mujeres, entonces algo pasa ahí. Hay una representación acerca de por qué tienen que estudiar las mujeres y esa representación va haciendo que este proceso sea lento.

Es cierto que se creó el decreto Amunátegui, pero todos sabemos que es letra muerta si una serie de otras cosas no van de la mano. Aun cuando el texto decía que las mujeres deben ser admitidas a rendir exámenes válidos para obtener títulos profesionales, la calidad de su educación era infinitamente inferior a la de los hombres. Si se analizan los programas, ellos estaban más capacitados que ellas para que les fuera bien en esos exámenes.

Si analizamos el tema desde la perspectiva género, en las Escuelas Normales de mujeres –esto es un poco distinto porque no eran conducentes a la universidad, pero se egresaba con un título- , durante mucho tiempo no se estudió la Constitución política, eso solo se enseñaba en las Escuelas Normales de hombres. Lo mismo ocurría con algunos ramos científicos. Por lo tanto, ya en el currículum había una discriminación.

También quise mostrar en este libro que la discriminación es multifactorial, una persona no es solo mujer o pobre o campesina… sino mujer, pobre y campesina. Hay muchas situaciones que hacen que el proceso de acceso a los estudios sea lento: la falta de capital cultural, no haber estudiado en un colegio que permitía adquirir lo que en la casa no enseñaban, vivir lejos de la urbe, etc. Este periodo fundacional es interesante para entender lo que ha pasado después: hasta hoy las mujeres que se dedican a las ciencias, trabajan más en ciencias aplicadas que en ciencias básicas, por ejemplo.

Mujeres que jamás se olvidarán

¿Qué nombres son destacables en aquella época y por qué?

Hay una mujer que escapa al ámbito de la ciencia, pero me pareció interesante incluirla en el libro porque en ella están reflejados los prejuicios de la época. Es Matilde Throup, quien se convirtió en 1892 en la primera abogada chilena y sudamericana. Postuló al cargo de notario y eso desencadenó en Chile un conflicto enorme. Le dijeron que no podía postular porque los notarios tenían que hacer testamentos y las mujeres tenían prohibido ser testigo en los testamentos. Esto llegó hasta el poder judicial. La corte falló diciendo que tanto los hombres como las mujeres tienen el mismo derecho porque están ejerciendo las mismas funciones al ser notarios en Chile. Fue tanto el revuelo del caso que años después, cuando se quiso titular la primera abogada en Argentina, a quien le estaban generando un montón de problemas, desde ese país vinieron a Chile a investigar el caso para desde esa jurisprudencia poder defenderla y lo mismo ocurrió con unas estudiantes que no podían titularse en Bélgica. Chile sentó un precedente muy importante.

Otras mujeres destacadas fueron las doctoras Eloísa Díaz y Ernestina Pérez. Ambas eran muy jóvenes: Eloísa dio sus exámenes de bachillerato a los 15 años y Ernestina entró dos años después, pero era tan brillante que la alcanzó, fue adelantando cursos y salieron juntas de la universidad. Se titularon con una semana de diferencia.

Ernestina era sencillamente brillante.

Sí, postuló a una beca en Alemania y en ese país las mujeres no podían entrar a la universidad, pero la tuvieron que aceptar porque venía becada por el gobierno de un país amigo. Hay que pensar que cuando entra la primera mujer a la universidad en Chile, solamente dos países habían logrado esto, Inglaterra y Estados Unidos. En países que hoy consideramos desarrollados, como Italia y Canadá, las mujeres ingresaron a la universidad mucho después.

Una anécdota cuenta que a Ernestina en las clases de anatomía en Alemania la separaban de sus compañeros por un biombo, porque iban a ver un cuerpo desnudo. Ella trabajó mucho en la divulgación de la investigación científica, porque combatió la tuberculosis, la higiene en las mujeres y el alcoholismo, que sigue siendo un problema de primera orden en Chile.

En cambio, Eloísa se fue por la línea educativa, fue la primera responsable del Servicio Médico Escolar de Chile. Era una mujer notable en términos de gestión. En una oportunidad, estaba pidiendo una serie de cosas, y dijo: “Necesito que ustedes me den esto y esto, no sé de los útiles escolares, pero de lo otro me encargo yo”. Entonces, eran mujeres muy ejecutivas y comprometidas con su trabajo.

¿Alguna otra mujer que haya destacado en esta obra?

La doctora Cora Mayers, que murió producto de un femicidio antes de cumplir los 36 años. La asesinó un médico, quien después se suicidó. Ella fue la primera pediatra chilena, creó la carrera de las enfermeras sanitarias en Chile

También fue importante la primera ingeniera. Imagínense si ya era complejo el acceso de la mujer a las otras áreas mencionadas, lo complejo que sería en ingeniería. Ella se llamaba Justicia Espada Acuña Mena de Gajardo. Tuvo la inteligencia emocional para aguantar el tranco en esa época, no era fácil para las mujeres.

¿De qué manera influye la Iglesia y la política en este proceso?

Estamos hablando de una época en que la Iglesia y el Estado aún no se habían separado, eso ocurrió con la Constitución de 1925, entonces había una presencia mucho más directa de estas instituciones. Dentro de las representaciones había una que señalaba que las mujeres se iban a alejar de Dios, que iban a dejar de ser piadosas. Otra decía que había que evitar el masculinismo, el parecerse a los hombres. Y una tercera tenía que ver con ser mala madre, promovía que las mujeres estudiaran, pero no para perfeccionarse sino para que los hijos no se les murieran, tenían que saber cómo alimentarlo, cómo arroparlo, sobre puericultura, etc.

Se creía que en la medida que las mujeres salían de esa lógica de estudiar solo para que los hijos no se murieran, de esa especie de maternidad más científica, iban a  entrar al plano de la racionalidad. Ahí el choque con la Iglesia era inmediato, y también con los sectores conservadores. Primaba la lógica de que el conocimiento aleja de Dios.

Las brechas que aún existen

¿En qué áreas las mujeres chilenas estamos atrasadas respecto a los hombres?

En términos concretos, en los salarios. En el ámbito de la ciencia, que es lo que compete al libro, en los trabajos de responsabilidad; son menos las mujeres que están a cargo de laboratorios de investigación, en puestos directivos en áreas científicas, ahí hay una brecha enorme. Y esto no lo digo yo, lo dicen todos los estudios.

En otras áreas se ha masificado la presencia de las mujeres, por ejemplo, en física, química, biología, medicina y astronomía. Pero en los puestos de responsabilidad, hay una gran brecha, marcada por prejuicios que atraviesan todas las actividades de la mujer en el espacio público: que se van a embarazar, que van a pedir licencia por los hijos, etc. ¿Y si se suman las veces que los hombres faltan al trabajo porque se quebraron el pie jugando a la pelota o porque el domingo les pasó tal cosa? Está comprobado, las mujeres no faltan más que los hombres a trabajar.

Si pensamos en el Premio Nobel de Ciencia, lo han recibido más de 400 científicos y ¿cuántas mujeres? 14, creo… la diferencia es enorme.

Y volviendo a la educación, ¿qué ocurre con el currículo oculto?, ¿se traspasan cosas culturalmente que mantienen esa brecha?

Hemos avanzado bastante, incluso a nivel latinoamericano, pero vivimos atravesados por los medios de comunicación, que van completamente al revés de lo que uno esperaría que ocurriera. Cuesta competir contra la televisión, internet, donde el estereotipo sigue siendo el mismo, donde se identifica a las niñitas con el rosado y a los niñitos con el celeste, donde la mujer sigue siendo un objeto de placer para los hombres y no una persona que puede desarrollarse por sí misma.

Eso en la escuela está muy instalado también. El currículo oculto de la escuela es mucho más difícil de erradicar. La profesora que le dice a la niña: “Pero cómo vas a andar jugando como los hombres”, lo que le está diciendo es que las niñas tienen que ser diferentes, que no pueden andar corriendo en el patio, que no pueden jugar a empujarse y una serie de cosas. No lo hacen con mala intención, pero es algo que se ha naturalizado. Lo mismo se observa cuando un profesor le dice a un niño: “¡cómo vas a estar llorando!”, o cuando la gente dice: “mira, él se comporta como un niño”, dándole al juego una connotación negativa, como si por ser adultos tenemos que dejar de jugar.

Recuerdo que en una oportunidad había un grupo de estudiantes de ingeniería que ganaron un concurso, eran tres o cuatro hombres y una mujer. Uno de ellos al exponer el proyecto dijo: “Ella es nuestra mascota”. No lo hizo con mala intención porque seguramente le tenía mucho cariño, pero no es la mascota, es una persona que trabajó en el proyecto. Entonces, hay ciertas cosas que están naturalizadas.

Ahí jugaría un rol importante la formación de los profesores, para que no se repliquen esas prácticas.

Me da la impresión que en la mayoría de las escuelas de pedagogía el tema de la perspectiva de género no es parte de la formación inicial docente, solo lo ven como algo aislado. Hay ciertos temas que tienen que ser transversales en educación: género, medio ambiente, derechos humanos, no se trata de hacer un ramo de eso, pero hay que incorporarlos en toda la estrategia, en los ramos de metodología, de historia de la educación y de las especialidades.

¿Qué tipo de formación debieran recibir nuestros niños y niñas en general y en ciencias en particular?

En ciencias hay un tema que es relevante, ahí el género está muy marcado. Tenemos en la biblioteca libros de aprestos, que son de educación inicial. Recuerdo uno que se llama “Claudia y las letras” y el otro, “Simón y los números”; con esos títulos se está partiendo de la base de una representación que ha dejado a las mujeres históricamente fuera de la ciencia, que concibe que ellas sirven solamente para el área humanista y que quienes sirven para las matemáticas, la ciencia y los números son los hombres. Así se van generando barreras de entrada y eso es muy peligroso en educación.

Además, si se analiza qué es lo que pasa en los primeros años de educación, en 1º y 2º básico a los niños y niñas generalmente no les cuesta matemática, sino lenguaje, les cuesta aprender a leer.

¿Cómo está hoy el panorama de la formación científica femenina?

Es bastante auspicioso. Hay estudios que deben tener más de 10 años, que muestran que a las carreras científicas entraban más mujeres que hombres. Pero es triste cuando después la pirámide se va haciendo angosta y las mujeres van quedando de nuevo relegadas. Acceder a las carreras es algo que ya está saldado, no sé si al 100% pero no hay una coartación como antes. Es en los salarios donde todavía no hay equidad, ha mejorado pero falta mucho.

Las mujeres tenemos más conciencia de que somos importantes en la construcción de la sociedad. Si pensamos en la frase: “Detrás de cada gran hombre siempre hay una mujer”, a nosotras ya no nos venden ese cuento, de que había que estar ahí detrás. Está más internalizado que vamos caminando juntos, sobre todo en las generaciones jóvenes. El machismo persiste, falta mucho para que desaparezca, pero se ve que hay otra sensibilidad con respecto a la igualdad y la equidad entre hombres y mujeres.

¿Cómo ves el futuro nacional en este tema de las mujeres científicas?

Esperanzador, a lo mejor es menos de lo que creemos, pero uno tiene que generarse expectativas con respecto a esto, porque si partimos de la base de que las cosas ya están mal, siempre vamos a estar más abajo, en puestos secundarios. Es la profecía autocumplida de la que hablaba Karl Popper. Si nosotros nos generamos expectativas de que va a llegar un momento en el que vamos a construir juntos la ciencia, entonces tenemos más posibilidades de lograrlo.

¿Desde dónde pelear: política, ciencia, cultura, arte, literatura? ¿Desde dónde seguir abriendo espacios para la mujer?

En esta época de confrontaciones y donde uno pensaría que los grandes ideales tienden a desaparecer, o nos quieren hacer creer que están en retirada, hay que  plantearse desde la revolución individual que significa querer hacer las cosas desde mi espacio vital. Y el espacio vital de uno está en todos lados, porque uno va con lo que uno es a todas partes. Entonces, desde ese espacio vital personal, uno tiene que plantearse para que las cosas cambien: yo tengo que hacer la diferencia en mi trabajo, tengo que hacer la diferencia con mi familia, tengo que hacer la diferencia en la crianza con mis hijos. Obviamente, después cada persona es dueña de hacerse cargo de lo que quiera o no quiera.

Como decía Gabriela Mistral, se enseña con el gesto, la actitud y la palabra.  Esas tres condiciones hay que ponerlas en la vida diaria, en el entorno donde uno puede influir, ahí es la pelea.

Por supuesto. Se puede influir a través del voto, de la participación ciudadana, eso es muy importante. Pero uno influye más en lo cotidiano, en la conversación con el señor al que le va a comprar el pan al almacén de la esquina. Son situaciones que terminan siendo más significativas porque pasan por un ámbito más humano y emocional. Finalmente, el otro cambio de actitud toca el aspecto emocional, porque veamos lo que ocurre con el cigarrillo: si solo bastara la información que se pone en las cajetillas estaría solucionado el problema, nadie fumaría. La información no es suficiente para cambiar ese hábito. Hay algo más que se requiere, y ese algo más está en el intercambio cotidiano con el otro y la otra.

 

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