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Julio Pavez, profesor de escuela siniestrada en Valparaíso: “Ser profesor en la educación pública es trabajar por aquellos niños que más lo necesitan”

30/03/15 por reveduc

El incendio que este año en pocas horas consumió buena parte de los cerros de Valparaíso, no destruyó los sueños y ganas de superarse de los 147 estudiantes de la Escuela David Ben Gurion. La mayoría lo perdió todo, pero tal como asegura el docente Julio Pavez Zapata, ellos saben que ahora es tiempo de esforzarse y mirar con optimismo el futuro.

 

12 de abril de 2014. Hora: 16.40. En el sector de La Pólvora en Valparaíso se iniciaron las llamas de lo que hoy es considerado el mayor incendio urbano en la historia de Chile. En cuestión de minutos el fuego se propagó hasta el sector del Vergel y desde ahí, avanzó en dirección norte, afectando doce barrios de la ciudad y los cerros Mariposas, Monjas, La Cruz, El Litre, Las Cañas, Merced, La Virgen, Santa Elena, Ramaditas y Rocuant.

El siniestro dejó más de 2.900 viviendas destruidas, 12.500 personas damnificadas, 15 víctimas fatales y más de 500 heridos.

La Escuela Básica David Ben Gurion, fundada hace 85 años y emplazada en el Cerro Las Cañas, en la parte alta de Valparaíso, fue uno de los pocos bastiones que se mantuvo en pie. “El incendio venía como una bola de fuego, bajó por las quebradas por efecto del viento. Una de esas bolas cayó en el patio trasero de las casas que colindaban con el patio de la escuela. Entonces, apoderados y vecinos descerrajaron el portón del colegio, entraron, quebraron unos vidrios para sacar la manguera y el extintor y así poder detener el incendio”, señala Julio Pavez, profesor de Educación General Básica con más de 20 años de trabajo en este establecimiento.

Todo esto ocurrió un sábado. El lunes llegó temprano a la escuela, como es su costumbre, 15 minutos antes de las 7.00 de la mañana. “Mi primera impresión fue como ver un lugar arrasado por una bomba atómica. Todo estaba destruido, excepto la escuela”, recuerda. Rápidamente, empezó a realizar un catastro de las familias de cada uno de los estudiantes de su colegio. “Más del 70% de nuestros apoderados había perdido sus viviendas. Un incendio quema todo, no deja nada. Así quedaron nuestros niños y sus familias, sin nada”.

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Entre camiones y tareas administrativas

Su rostro característico, con una barba canosa y su boina negra, lo hacían fácilmente reconocible para los bomberos y las autoridades militares que llegaron a la zona. Eso le permitió circular libremente. Se subía a los camiones que traían mercadería, ayudaba a descargar los productos y repartía bidones de agua a los universitarios que caminaban hacia la parte más alta del cerro, porque “les decía que más arriba no iban a encontrar nada”. También destinaba parte importante del tiempo a labores administrativas junto con la directora, pues a las demandas regulares ahora se sumaban informaciones urgentes que ellos debían entregar: número de estudiantes damnificados, estado de daños en la escuela, entre otros.

La asistente social de la escuela gestionó todo tipo de donaciones para los alumnos: mochilas, útiles escolares, uniformes, parkas, zapatos, sacos de dormir, entre otros. “Las damas israelitas llegaron al día siguiente con ayuda, también lo hicieron algunos colegios particulares de Santiago –señala Julio Pavez-. Recibimos aportes desde Francia e Italia. También textos nuevos para todas las asignaturas, que envió el Ministerio de Educación”.

El 28 de abril reanudaron las clases. “Cuando nuestros niños regresaron sus actitudes habían cambiado: los tranquilos se habían vuelto agresivos y los agresivos, tranquilos. Estaban conmocionados –recuerda este docente-. Con el equipo psicosocial de la escuela más otros equipos que llegaron, empezamos a hacer todo un trabajo de resilencia. Todavía ellos cuando sienten el sonido de la alarma de incendio, se descontrolan. Entonces, hemos tenido que entregarles un apoyo permanente”.

Esto se ha traducido en que, por ejemplo, las autoridades de la escuela se preocupan de ver personalmente en qué estado llegan los estudiantes a clases. Los saludan con la cara sonriente y un fuerte apretón de manos. Una costumbre que ya existía, pero que se reforzó después del incendio. Además, el equipo psicosocial del establecimiento organizó reuniones para abordar en forma multidisciplinaria algunos casos puntuales, oportunidad en la que entregaron pautas a los profesores para manejar situaciones complicadas.

Asimismo, se puso en marcha el “Plan de Apoyo Psicosocial y Pedagógico” de la Secretaría Ministerial de Educación de Valparaíso que impulsó los “Talleres de Murales” para alumnos del colegio. Los monitores de estos talleres -que promueven el trabajo colaborativo y la expresión artística, junto con relevar las asignaturas de Arte y Lenguaje como medios para expresar ideas, emociones y opiniones- son jóvenes del colectivo muralista Roberto Matta y estudiantes del Liceo Artístico Guillermo Gronemeyer de Quilpué, a cargo del profesor y artista visual Carlos Villamar. Los alumnos ya comenzaron a dar vida a un mural en una de las paredes externas del colegio y recientemente fueron convocados para pintar otro en el Parque Cultural Ex-Cárcel de Valparaíso.

La Pontificia Universidad Católica de Chile en conjunto con el MINEDUC organizó en la laguna El Plateado, ubicada entre Playa Ancha y Laguna Verde, una jornada de un día dirigida a todo el personal que trabaja en la Escuela David Ben Gurion, con el propósito de enseñarles a manejar herramientas que les permitieran ofrecer contención y apoyo a los alumnos.

Y, por otra parte, la Escuela David Ben Gurion se preocupó especialmente de los padres y apoderados. A muchos se les quemaron todos sus documentos y, por iniciativa del profesor Pavez, la escuela empezó a emitir certificados que indicaban residencia, basándose en el libro de registro que lleva la escuela. Esto les permitió realizar trámites, para los cuales necesitaban comprobar su domicilio.

“¿Cuál es nuestro balance? Además de la solidaridad de la gente, hemos sido testigos del empuje de nuestros niños y sus familias para mirar hacia adelante –sostiene el profesor Pavez-. Ellos llegan cada mañana al colegio, con ganas de aprender. Un apoderado, Diego Cerda, a quien se le quemó su casa nueva, me dijo: “Lo material se quemó, pero tengo mis manos para poder reconstruirla”. ¡Ésos son nuestros apoderados!”

 

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2016: 40 años de servicio en la educación pública

Julio Pavez Zapata, cuya especialidad es Historia y Geografía, es el profesor jefe de octavo básico en la Escuela David Ben Gurion y también está a cargo de las tareas administrativas del establecimiento. Junto con el jefe de UTP (Unidad Técnico Pedagógica), Rodolfo Méndez, conforman el equipo de gestión que encabeza la directora María de los Ángeles Guerrero, una mujer que según sus propias palabras “es la persona que necesitábamos para hacer frente a una catástrofe como ésta, por su empuje y entusiasmo”.

Antes de llegar a este colegio, él siempre trabajó en la educación pública. Primero, en la Escuela No. 9 de Mujeres en Valparaíso (actual Escuela República de Uruguay); luego, en la Escuela No. 3 de esa misma ciudad (actual Escuela República de Alemania) y posteriormente en la Escuela Los Maitenes de Olmué. Incluso en 1979 postuló para ser docente en la Isla Robinson Crusoe, la principal del Archipiélago Juan Fernández, que en ese entonces apenas tenía alrededor de 700 habitantes y en la cual permaneció tres años.

En la isla, su hijo mayor, Manuel Emilio, era también su alumno. “Una vez tuve que echarlo de la sala y me dijeron: “Profesor, echó a su hijo”. No, yo eché al alumno porque para mí desde la puerta del colegio hacia adentro él era un estudiante más, por lo tanto tenía que cumplir las mismas normas. A mí no me interesa si un niño es el hijo del pescador o del alcalde. Para mí todos son iguales y eso siempre se los dije a mis alumnos”.

Él pone énfasis en que “la inclusión, el respeto a la diversidad, es un valor importante. Eso es propio de la educación pública. Uno como profesor trabaja para todos. Mi carrera profesional, ya llevo 38 años de servicio y el 2016 cumpliré 40, la he realizado en colegios públicos y con riesgo social. En La Florida trabajé en el campamento de la Villa O Higgins, en el paradero 18 de Vicuña Mackenna; en Valparaíso, en la Escuela Montedónico E-286, en el cerro de Playa Ancha; en Coquimbo, en zonas rurales y necesitadas; en Laguna Verde, en un sector de pescadores. Conozco ese mundo y estoy orgulloso de formar parte de él”.

No podía ser de otra forma. Tal como explica Julio Pavez, en estas escuelas ha tenido la posibilidad no sólo de transmitir conocimientos, sino de educar en un sentido integral. “Cada vez que he recibido a un estudiante nuevo, le he dicho que es aquí donde tiene que demostrar todo lo que es capaz de dar y que le voy a exigir de acuerdo a lo que yo le voy a entregar. Y no sólo le voy a entregar contenidos, sino valores: sobre todo el de la honradez. Si comete un error, tiene que ser capaz de asumir su responsabilidad y corregir lo que ha hecho porque cuando sea adulto, en cualquier lugar donde trabaje, va a tener que saber hacerlo y de cara a la verdad. Eso es educar: formar alumnos para la vida”.

“Ser profesor en la educación pública es trabajar por aquellos niños que más lo necesitan. Los alumnos que nosotros atendemos en la Escuela David Ben Gurion tienen deprivaciones sociales, son vulnerables. Nosotros estamos al servicio de ellos, les exigimos en términos de aprendizaje, les entregamos el afecto que muchas veces no reciben en sus casas, les enseñamos que la vida vale la pena vivirla. Ésa es la labor de un profesor”, concluye.

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