Cultura

Hans Christian Andersen: UN CUENTISTA PARA TODOS LOS TIEMPOS

01/07/19 por reveduc
Foto: Gentileza Odense Bys Museer.

Escribió alrededor de 400 obras, entre poemas, novelas, piezas de teatro y ballet, relatos de viajes y cuentos infantiles. En 2005 se celebraron los 200 años de su nacimiento -2 de abril de 1805- y fue instaurado el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, además de un importante premio que lleva su nombre. Hoy siguen vigentes sus cuentos clásicos como el emblemático “Patito feo”, en el que un bello cisne crece discriminado, una metáfora de su vida real. Andersen es capaz de remecernos el alma combinando lo popular, lo valórico y lo imaginario en cada uno de sus relatos, una fórmula que impuso hace dos siglos, sentando las bases del cuento infantil moderno.

“La mayoría de las personas que caminen atrás de mí serán niños, por lo que mantendré los pasos cortos”, aseguró el escritor y fue plasmando su particular carácter y situaciones de su azarosa existencia en todas sus obras. Él mismo se retrató en “El cuento de mi vida”, un relato íntimo que no figura entre los más conocidos, pero que es tan cautivador como los otros cientos de cuentos que escribió dejando en cada uno la huella de su alma.

Leído en todo el mundo por varias generaciones de niños y jóvenes, traducido a casi cien idiomas, Hans Christian Andersen fue y sigue siendo un artista multifacético genial, un “revolucionario” del cuento infantil, por eso le vale el título del escritor escandinavo más famoso del mundo con la vigencia total de sus obras. Un ejemplo cercano, “El Patito Feo”, que hoy figura entre los más leídos en los registros del nivel prebásico de la Biblioteca Digital Escolar, plataforma online del Ministerio de Educación (bdescolar.mineduc.cl).

Hans Christian Andersen nació el 2 de abril de 1805 en Odense, en la isla Fionia, Dinamarca. Aunque descendía de acomodados campesinos, su abuelo paterno padeció de enajenación mental y la familia cayó en la pobreza. Su padre quedó sin educación formal y no pasó de ser un modesto zapatero y su madre, una lavandera analfabeta. En ese ambiente de escasez familiar fue creciendo lleno de privaciones, sin embargo, sus dotes artísticas asomaron tempranamente en contacto con su entorno. Creció en una comunidad rural supersticiosa, en la que se enseñaba casi todo por transmisión oral. Escuchó desde muy pequeño leyendas del folclor escandinavo y cuentos populares, así cultivó con fuerza su imaginación y creatividad.

Enfrentando la adversidad en solitario

En sus relatos abundan los seres sobrenaturales como duendes, troles, brujas y elfos. Se sabe que cuando oyó leer las “Mil y una noches” quedó tan maravillado que la empezó a representar en un “teatrito mecánico”, en donde daba todo tipo de obras en boga en la época. A los 12 años se atrevió a escribir un drama: “Una tragedia en la cual moría todo el mundo”, recordaría años después. Y también preparó otra de reyes que hablaban mezclando el idioma francés, el inglés y el alemán, “para que nadie los confunda con el vulgo”, justificó, dejando entrever que él, inconscientemente, aspiraba a ocupar los espacios donde se movía la nobleza.

Foto: Gentileza Odense Bys Museer.

En septiembre de 1819, con tan solo 14 años se fue a buscar suerte a Copenhague, la ciudad capital. Dejaba atrás una casa pobre y una madre viuda que lidiaba con su adicción al alcohol. Iba ansioso de celebridad, dispuesto a escapar de sus raíces y a triunfar en teatro, danza, canto o cualquier manifestación de índole artística. Pero debió pasar hambre, frustración y soledad antes de ver la luz de sus anhelos, pues la sociedad danesa del siglo XIX era clasista, con gran diferencia entre ricos y pobres y escasa movilidad social.

Ejemplo de sus penurias. Un día pidió trabajo en un teatro, fue rechazado por estar “muy flaco y no ser lo suficientemente instruido”, pero lo dejaron como aprendiz de carpintero, a los pocos días se retiró porque se burlaban de él. Sin darse por vencido, acudió al Conservatorio de Música, causó buena impresión y lo dejaron de cantante, sin embargo, lo pilló el crudo invierno sin la ropa de abrigo adecuada, se enfermó de catarro, se puso ronco y perdió su magnífica voz de soprano.

Abandonado a sí mismo, se puso a escribir obras para escenificar y empezó a vagar por los círculos de arte. Dicen que en ciertas reuniones lo recibían para divertirse con sus “extravagancias” y con su dominio de la técnica del recorte en papel. Otros pocos hacían intento de darle algún tipo de protección y muchos le cerraban las puertas.

Por fin llegó el momento de triunfar

En medio de la precariedad escribió una tragedia titulada “Afsol” y logró que el director del Teatro Real, Jonas Collin, lo recibiera, le reconociera su talento y se declarara su protector. Pronto le consiguió una beca del rey D. Federico VI, en el Colegio Slagelsée. Si bien allí estudió con interés y afán latín, griego, matemáticas, humanidades y poesía (clase en la que destacó), ésta fue para él una etapa muy dura, ya que tenía 17 años y sus compañeros promediaban los 11. No pudo hacer amigos ni ganarse la confianza de sus profesores, “Fue un martirio”, confesó en sus memorias. Pese a todo, rindió exámenes y en 1828, ingresó a la Universidad de Copenhague a estudiar Filología y Filosofía.

Pronto escribiría su primera obra seria, titulada “Viaje al pie del canal de Holin, en la punta oriental de Amager”. Y como no tuvo editor, debió publicarla por cuenta propia. “La primera edición se agotó rápido, sus compañeros lo felicitaban y la obra poética corría de mano en mano”, apuntan sus biógrafos. Este es el comienzo de la fortuna de Andersen. Un año después, tras un brillante examen de Filología y Filosofía, terminó sus estudios universitarios.

En 1930 publicó con éxito sus poesías “Digte”.  Y dos años más tarde su protector, Collin, le consiguió un “estipendio de viaje” de parte del monarca y pudo ir a estudiar las lenguas, usos, costumbres y la poesía de Alemania, Suiza, Italia y Francia. Las traducciones de sus obras al idioma alemán le sirvieron para ser naturalizado en el resto de Europa e imponerse en los gustos.

Por esa época escribió una de sus mejores novelas: “El Improvisador”. Siguió recorriendo subvencionado por el rey, viajó también por Asia y África y escribió “Bazar del poeta” (1842). Entre 1845 y 1846 estuvo en Berlín y de ahí se dirigió a Leipzing, el primer centro editorial de Europa, donde preparó la edición completa de sus obras (35 volúmenes).

Sus viajes y excursiones siempre eran intercalados con publicaciones de importantes obras de todos los géneros: novelas, cuentos, dramas, comedias, zarzuelas, trabajos periodísticos y otros. Sin duda, lo más destacado de su producción literaria es su colección de cuentos infantiles (más de 200). Ahí aparecen títulos como: “El soldadito de plomo”, “La sirenita”, “Pulgarcita”, “Zapatillas rojas”, “El traje nuevo del emperador”, “La pequeña vendedora de fósforos”, “La reina de las nieves”, “Las habichuelas mágicas”, “El ave fénix”, “El ruiseñor”, “La familia feliz”, “El elfo del rosal”, “El ángel”, “La hoja del cielo” y tantos otros.

Foto: Gentileza Editorial Zig-Zag.

El 2 de abril de 1875, aniversario de su nacimiento, el rey lo nombró Comendador de la Orden de Danebreg. Poco lo disfrutó, en agosto de ese mismo año, murió en su residencia de Rolighed, a los 70 años, luego de complicaciones por una aparatosa caída de su cama. La noticia provocó gran impresión y tristeza en el reino de Dinamarca y el resto de los países donde era tan apreciada su obra.

Una mirada danesa a la figura de Andersen

Foto: Gentileza Odense Bys Museer.

Cuál es y ha sido el aporte de Andersen a la literatura universal y qué hizo diferente sus relatos, son interrogantes que responde Trine Danklefsen, asesora política y cultural de la Embajada de Dinamarca en Chile, además de conocedora a fondo de la figura del escritor.

Cuenta que él revolucionó el lenguaje cuando empezó a usar por escrito el idioma hablado. Por ejemplo, en “El encendedor de yesca” empieza así: “Por el camino iba un soldado caminando, ‘¡un, dos!’. Y con ese ‘un, dos’ crea una imagen visual y ¡revoluciona la literatura! Habla directo al lector como si estuviera frente a él. Le dice ‘tú seguramente has visto…’, ‘como te puedes imaginar…’, etc. También sus personajes eran novedosos, sus héroes no son princesas ni príncipes, sino niños pobres, utensilios de la vida cotidiana y objetos menospreciados como una aguja, una pelota, una tetera rota”.

¿Qué significó Andersen para el mundo infantil de su época y qué significa para los niños de hoy?

En su tiempo Andersen fue criticado, aduciendo que su lenguaje no era suficientemente “literario”, que tocaba temas “no aptos” para niños como la muerte, el abandono, el amor no correspondido y los enlaces no siempre felices. Sin embargo, su talento pudo más y ya entonces fue reconocido y leído como pocos. Esa introducción de temas “complicados” es fuerte en la literatura infantil danesa hoy, una literatura en general sin tapujos, con harto humor, aun cuando trata temáticas serias y existencialistas y, por ende, muy relevantes para que los niños se hagan preguntas mucho más profundas de lo que los adultos estamos preparados para responder.

 ¿Cuánto hay de su propia vida y cuánto del folclor escandinavo en los relatos de Andersen?

Hay muchísimo de su vida personal en los cuentos. Aquí por supuesto estamos interpretando, pero para mí Andersen es la “Sirenita”, que sube de los fondos, es recogida por la nobleza, querida, pero nunca verdaderamente comprendida. Él también es el “Soldadito de plomo”, que nunca logra expresar sus sentimientos tan humanos y que hoy todavía nos emociona. Eso por dar un par de ejemplos. Pero al final ese toque personal no es tan importante, lo valioso es que habla de sentimientos que nos llegan, porque nos muestra situaciones con las cuales todos podemos identificarnos. En algunos cuentos se inspira en relatos de transmisión oral que escuchaba con su madre en primera infancia, pero él jamás copia, siempre agrega su genio literario. Y cabe recalcar, que la mayoría de sus cuentos son originales.

Se destaca mucho “El patito feo”, ¿por qué?

Al leer a Andersen uno se da cuenta que tiene mucho de autobiográfico. Con “El cuento de mi vida”, queda claro que así fue y con el “Patito Feo” se nota que se ve a sí mismo como ese personaje, rechazado por sus pares por ser grande y feo, pasando por miles de humillaciones y penurias antes de ser reconocido y de convertirse en el bello cisne que finalmente es.

Foto: Gentileza Editorial Zig-Zag.

¿Puede nombrar otros cuentos emblemáticos que muestren el “alma” de Andersen?

Recomiendo que, para toparse con el alma de Andersen, tomen un grueso libro de cuentos de él y los lean, uno tras otro. Ahí se puede apreciar su calidad literaria, la frescura de su lenguaje y cómo siempre logra escribir para el niño y, en otra “capa” de lectura, manda un mensaje al adulto. En lo personal me encantan: “El Ruiseñor”, que trata sobre los valores esenciales; “El Traje nuevo del emperador”, es genial, sobre el engaño, la farsa, y lamentablemente más actual que nunca; “La Reina de la nieve”, de cómo el amor vence cualquier obstáculo; “Las Flores de la Pequeña Ida”, es una férrea defensa de la fantasía libre, allí está considerado el manifiesto literario de Andersen. Y también lloro cada vez que leo “Historia de una madre” y si se quiere una buena crítica al chisme y las malas lenguas está “Es Verdad”.

¿Cómo resumiría usted el legado de Andersen? ¿Dónde se preserva?

Para mí, aunque suene siútico, su legado está en primer lugar, acuñado en los corazones y cuerpos de todos quienes han leído sus cuentos. La obra completa de Andersen consiste en piezas de teatro, novelas, cientos de cuentos, bellos recortes de papel y los collages que hizo al final de su vida. En Odense, su ciudad natal, tiene su propio museo y la casa, increíblemente pobre de su niñez, también está convertida en museo. Cuando se celebraron los 200 años de su natalicio, Dinamarca tiró la casa por la ventana. Y sus cuentos se siguen imprimiendo y leyendo, generación tras generación.

¿Qué consejo daría usted a los docentes para introducir a los niños y jóvenes en el mundo de Andersen, poder conocerlo y aprender de él?

Que lean los cuentos con los alumnos sin pensar que su interpretación es la única válida. Que sea una lectura libre, donde cada niño tenga el espacio para interpretar como quiera, eso sería el espíritu de Andersen: la fantasía libre. Muchos de los cuentos tratan problemas que aún no están resueltos, por ejemplo, el trabajo y el maltrato infantil en relatos como “La pequeña vendedora de fósforos”. También se puede leer “La sirenita” y luego ver la película de Walt Disney para conversar con los estudiantes la diferencia entre ambas versiones. En el cuento “No sirve”, la gente “bien” critica a la lavandera porque bebe, puede ser una excelente partida para comenzar a hablar de prejuicios sociales y de pobreza.

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