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Gerardo Echeita, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid: Un viaje a las prácticas de aula inclusivas

17/07/20 por reveduc

Durante un reciente seminario online organizado por Fundación Educacional Seminarium, el académico, de vasta experiencia en asesoramiento a instituciones escolares, expuso y destacó la importancia de que la inclusión forme parte de los valores compartidos de cada una de ellas.

Foto: Gentileza Fundación Educacional Seminarium.

Según este educador, el viaje o el avance hacia una educación más inclusiva, antes o después, tiene que conseguir un significativo grado de coherencia entre tres niveles:

Perspectiva ecológica: alude a lo que ocurre más allá de las fronteras de las escuelas, en términos de empleo o desempleo, salud, vivienda o infravivienda, servicios sociales y seguridad. Son aspectos que inciden en los niveles de igualdad o desigualdad de una sociedad.

Perspectiva sistémica: dice relación con el sistema educacional en su conjunto, es decir, con el papel del currículum, la organización de los centros escolares, cómo se forma al profesorado e incluso con el desarrollo profesional docente. Pero hay algo que, según el experto, tiene que ver con esos elementos sistémicos de la inclusión y es cómo un país está entendiendo la inclusión, cómo se interpretan y traducen las políticas generales de atención a la diversidad.

“Cuando una sociedad interpreta que las políticas de inclusión son las referidas exclusivamente a alumnos con necesidades educativas especiales, a aquellos que llegan tarde al sistema escolar, que proceden del flujo migratorio, o que tienen dificultades de aprendizaje, cuando se piensa en los “otros” y se suele ocupar “otros profesores” y no los comunes de aulas regulares, entonces se aleja notoriamente del progreso hacia la meta de una educación más inclusiva”, asegura.

Perspectiva glolocal: es un acrónimo (sigla) de perspectiva global y elementos más locales. Aquí los docentes cumplen un rol crucial.

“Tenemos que manejar en nuestra cabeza la idea de que no es suficiente con que hagamos prácticas de aula inclusivas, con las cuales diferenciamos mucho las formas de trabajar, donde los alumnos pueden elegir las opciones que se ajustan mejor a sus ritmos y motivaciones. Eso es muy relevante, pero se requiere también que el centro escolar apoye esa realidad, que dé continuidad a esas prácticas, que no sea algo que se hace en 1° básico, se abandone en 2° y sea impensable en 3°”, afirma.

La clave, en su opinión, estaría en los “valores compartidos” en la institución escolar. Y para que eso ocurra “tienen que invertir tiempo en detenerse y pensar: ¿cuáles son los valores que tenemos en esta escuela?, ¿cómo interpretamos nosotros la diversidad?, ¿cómo queremos responder a esa diversidad?, ¿cómo queremos tratar a nuestros alumnos?, ¿queremos tratarlos como si fueran nuestros propios hijos? Son preguntas que es necesario hacerse”, explica.

En síntesis, lograr una educación inclusiva “tiene que ver con preparar, analizar, dedicarle tiempo a estas cuestiones y no solo a qué hacer en concreto en el aula con un grupo particular de alumnos de un tipo o de otro”, recalca.

EL ROL PROTAGÓNICO DEL AULA

Alguien podría quizá decir: “Yo no tengo otro ámbito de intervención que el de mi propia aula y en el caso de mi colegio, como hay tantísimo que hacer y yo puedo hacer tan poco, mejor no hago nada”.

Según Echeita, ése sería un mal análisis: “Nadie se equivoca tanto como el que piensa que porque puede hacer poco, no hace nada. Una maestra y una mamá levantaron una pequeña escuela en Bombay -tema expuesto en este seminario por el profesor Mel Ainscow-, esa experiencia nos está diciendo que es esencial actuar también en lo local. La inclusión tiene nombres y apellidos y mi compromiso como docente es conseguir que mi aula se parezca a esa aula, a esa escuela, a ese mundo y a esa sociedad que a mí me gustaría ver. Porque como sostuvo el gran pedagogo John Dewey, “la escuela no es solo preparación para la vida, es la vida misma”. Así es que no nos dejemos llevar por el hecho de que solo lo que ocurre afuera es fundamental, podemos y debemos hacer muchas cosas importantes también”.

Asegura que un factor común en los establecimientos educativos que avanzan en cuanto a la inclusión y de los cuales se puede aprender, es que cuidan y apoyan a sus profesores para que tengan oportunidades, individual y colectivamente, de reflexionar sobre sus prácticas o sistemas de prácticas. “En definitiva, se trata de preguntarse: ¿Esta metodología, esta forma de enseñar, esta selección de contenidos, qué coherencia o incoherencia tienen con esos valores que puedo haber reconocido y deseado? No pocas veces ocurre que deseamos algo y actuamos en dirección contraria o poco eficiente”.

Y refuerza la idea anterior: “Un centro escolar -esto es algo que hemos visto repetirse hasta la saciedad en miles de contextos en todo el mundo- que cuida las oportunidades de reflexionar sobre su propia práctica, es fundamental. En esos casos, siempre nos hemos encontrado con un profesorado empático con todo su alumnado, educadores que continuamente están haciendo la tarea emocional y cognitiva de ponerse en los zapatos de sus alumnos. Porque a menudo se están preguntando: ¿Esto que estoy haciendo cómo le va a ayudar a Juan, a María, a Inés, a Cinthia? Y, al mismo tiempo, confían en sus alumnos, crean las condiciones para que ellos se impliquen en su proceso de aprendizaje, porque en último término éste es una acción personal”.

Destaca que el viaje hacia la inclusión no es para navegantes solitarios, es un recorrido conjunto: “La base fundamental de ese proceso de transformación es crear fuertes y consistentes culturas de políticas y prácticas colaborativas en todos los niveles: dentro del centro escolar, entre los profesores, entre ellos y sus alumnos, de los alumnos entre sí, entre los docentes y las familias, y entre centros escolares, no compitiendo sino intercambiando experiencias y saberes. Mientras más amplíen esa red, más conocimiento tienen”.

En las prácticas con las familias, resalta el que las escuelas motiven a los padres para que lean al menos una hora al día con sus hijos, pues está demostrado que eso tiene efectos trascendentales en el desarrollo de la competencia de lectoescritura.

Y concluye señalando que hay centros educativos, incluso de enseñanza media, que se han atrevido a hacer este viaje hacia prácticas más inclusivas. Es el caso del colegio Padre Piquer en Madrid, “Si ellos lo han hecho, ¿por qué no lo pueden hacer ustedes?”, es la invitación que hace Gerardo Echeita a los docentes chilenos.

Recomendación: Ver “Guía para la educación inclusiva. Desarrollando el aprendizaje y la participación ciudadana en los centros escolares”, de Mel Ainscow y Tony Booth.

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