En el Aula

DOS PROFESORES CHILENOS HACEN HISTORIA

04/09/17 por reveduc

Eligio Salamanca y Mario Santibáñez pertenecen al grupo de los 50 mejores docentes del mundo. Ambos fueron elegidos entre 20 mil postulantes de 179 países para representar a Chile en el “Global Education Skills Forum”, evento realizado en Dubái y organizado por la Fundación Varkey. El “Global Teacher Prize”, más conocido como el Nobel de la Educación, en esta oportunidad recayó en la maestra Maggie MacDonnell de Canadá. En este reportaje los dos profesores chilenos revelan qué los motivó a ser los mejores en su especialidad.

 

Eligio Salamanca:

 “TRABAJAR EN LA ESCUELA DE QUELHUE SIGNIFICA MI DESARROLLO PLENO COMO DOCENTE”

“Tío, es verdad que se puede”, le dijo Ángel Silva, uno de sus alumnos de la Escuela Municipal G776 de Quelhue, a 7 kilómetros de Pucón en la región de La Araucanía, quien corrió para saludarlo cuando llegó de la premiación de Santiago. El maestro Eligio Salamanca, quien ha dedicado 28 años de su carrera a los niños de esta localidad, acababa de ser reconocido como el mejor profesor de Chile, al ser nominado al “Global Teacher Prize”.

“Yo siempre les digo a mis estudiantes: si se lo proponen pueden llegar muy lejos. Con este reconocimiento les demuestro que en la vida con esfuerzo todo se puede lograr”, cuenta.

Su historia tiene mucha relación con sus actuales alumnos, porque Eligio Salamanca nació en el sector rural de Villarrica. Sus primeros pasos en la educación fueron en la pequeña Escuela Pichilafquén, en donde sólo había una profesora llamada Aura Vergara. “Es allí cuando se despertó en mí un gran interés por ser docente, sobre todo en sectores donde el maestro es una de las personas más importantes para el estudiante, quien les enseña a conocer el mundo”, advierte.

Esa escuela donde estudió sus primeros años se construyó con la ayuda y buena voluntad de los apoderados del sector, quienes habilitaron un galpón ganadero abandonado, y desde ahí partió la aventura de convertir ese espacio en un lugar donde los niños pudieran aprender. Todo lo que había allí fue hecho por ellos, quienes además se encargaron de cortar el pasto, reparar los cercos y limpiar el pozo de agua. Esto hizo que la escuela fuera un lugar muy significativo tanto para Eligio como para el resto de sus compañeros.

Al ser un establecimiento unidocente, los alumnos mayores, de 6º básico, debían ir una vez a la semana a Villarrica a recoger los víveres del programa de alimentación, lo que implicaba caminar 12 kilómetros.

La comunidad que se gestó dentro y fuera de la escuela con la maestra y los apoderados, es una lección de vida para Eligio. ”La profesora que me formó en ese tiempo buscaba lo mejor de cada uno. Yo tenía facilidad para la lectura y la matemática, por lo que ayudaba a mis compañeros con sus lecciones y revisaba las tareas, eso era muy bonito, hacía bien para la comunidad el empeño que todos teníamos”, recuerda.

Educar en el fin del mundo

Eligio Salamanca estudió en la Universidad Católica de Villarrica a fines de los años 80’. Al terminar sus estudios, hizo dos prácticas que lo ayudaron a ver en qué estaba fallando y buscar cómo mejorar. Así fue como llegó a cumplir su práctica profesional final a la Escuela Alberto Hurtado en Villarrica (particular subvencionada).

Al terminar la práctica, decidió postular a la Escuela Municipal G776 de Quelhue, ubicada en un sector predominantemente mapuche. En sus inicios, no contaba con agua potable ni luz eléctrica y los baños eran de letrina. Quienes trabajaban en ese tiempo en Quelhue debían quedarse durante la semana en la escuela, porque no existía un puente para cruzar el río Trancura y acceder a Villarrica. La única opción era la balsa o el bote. “Solo podíamos salir los viernes en la tarde, excepto cuando el río estaba muy caudaloso, en invierno sobre todo”, agrega.

Hoy la conectividad ha mejorado. Desde el 2011 el sector cuenta con un puente de concreto, el cual permite acceder a Quelhue en auto. El camino hasta la escuela es de una sola vía, la que a menudo se interrumpe por algunas ovejas y perros que salen al encuentro de los vehículos. Si bien la conectividad en un principio implicó un éxodo de alumnos a nuevas escuelas en Pucón, con el tiempo  los estudiantes han vuelto, por cercanía y porque la propuesta educativa ha ido evolucionando. De hecho, la matricula se ha incrementado: actualmente la escuela tiene 33 alumnos, que van desde los 6 a los 13 años, de 1º a 6º básico, y 23 niños en el jardín infantil.

El trabajo en el aula también ha cambiado, el profesor Eligio cuenta con la ayuda de una profesora para desarrollar las clases gracias a la Subvención Escolar Preferencial (SEP). Y la escuela posee integración escolar, tarea que está a cargo de la profesora diferencial Camila Paredes, que va tres veces a la semana.

 Junto a ellos trabajan el profesor de Inglés, Anselmo Durán; el de Educación Física, Pablo Contreras, quien desarrolla talleres de psicomotricidad y la profesora de Lengua Indígena, Yochavel Millahuel, quien va cuatro horas a la semana. Además, cuentan con un asistente de educación, un psicólogo y un asistente social. Paralelo a eso, el recinto tiene un jardín infantil, el cual no depende directamente del Ministerio de Educación y donde trabajan una asistente de párvulos y un asistente de la educación.

Trabajo en equipo

 De lunes a viernes el docente espera a sus alumnos a las 8:00 am. Algunos vienen del sector de río Plata, al costado del Lago Villarrica, otros de Quelhue y los que viven más lejos, de Pucón. A cada uno les da la bienvenida antes de comenzar la clase, porque cree que es significativo que el alumno sienta el vínculo emocional con el docente. “Los saludo de la mano y les digo “buenos días” o “good morning”. Esos detalles son importantes para mí, porque la primera unión entre el niño y el profesor es esencial para enseñar”, señala.

Termina su jornada a las 16:30 y se dirige a su casa. Dedica parte de la tarde a labores del colegio, como revisar pruebas y preparar las clases del día siguiente. Cierra su jornada alrededor de las 23:00 horas.

Dentro del aula el curso es variado, por esto es fundamental agrupar a los estudiantes por niveles, y dependiendo del estado anímico de los alumnos, se pueden juntar por afinidad o simpatía. Esto resulta fácil en Lenguaje y Matemática, debido a que los contenidos son graduales. “La profesora ayudante de aula, por ejemplo, trabaja solo con el nivel de 1º a 2º básico cuando practican lectura, porque ellos necesitan una ayuda más personalizada. Y cuando yo necesito potenciar en mis estudiantes la autonomía, para que aprendan a investigar -ya sea en internet o en el invernadero- los hago trabajar en grupos”, comenta.

Para complementar el aprendizaje tradicional, la Escuela de Quelhue incluye en sus clases el uso de dos invernaderos, que han sido financiados tanto por apoderados como por empresas privadas. “Allí les enseño a aplicar la matemática. En los cursos con los niños más pequeños, aprenden contando las lechugas que se han sembrado, mientras que con los más grandes abordo los porcentajes, las fracciones, los decimales, todo eso se va integrando”, explica.

Además, realiza salidas a terreno para aplicar conocimientos. El docente recuerda una especialmente, donde él junto a sus alumnos iban caminando por el sector y se encontraron con la siembra de un abuelo. Él estaba muy preocupado, porque no le resultaba la plantación de porotos, y uno de los alumnos le comento al profesor: “¿Por qué no crecieron y solo tiene maleza?”, a lo que Eligio respondió: Investiguemos el por qué le sucedió esto al abuelo. Los niños motivados volvieron a la escuela a buscar el problema en internet. Allí se dieron cuenta que los suelos ácidos pueden causar problemas en el crecimiento de los porotos, y como él siempre sembraba ahí y no había rotación, había que alcalinizar la tierra con cal.

Para probar su investigación, consiguieron tierra de la plantación del abuelo y experimentaron. Al poco tiempo, comenzaron a salir porotos en la escuela. “Son esas cosas las que yo les destacó a mis alumnos: ‘no importa que ustedes solo conozcan la realidad del campo, el computador les tiene que servir para dar ese salto’. Aunque vivan acá ellos tienen que usar la tecnología con el fin de innovar’ ”, agrega el docente.

 

 

La nominación

Eligio aún recuerda ese sábado cuando sonó el teléfono de su casa y contestó. “Una persona de Elige Educar me anunciaba que había sido nominado para ser parte del “Global Teacher Prize Chile”. Como yo no lo había escuchado nunca, pensé que era una broma”, cuenta. Al momento de corroborar la información que le daban del concurso, pasó de la incredulidad al asombro. Era verdad: su trabajo estaba siendo reconocido.

Al principio no estaba muy seguro de completar sus datos en la página que le enviaron, sentía que era muy utópico llegar a ser el ganador. Pero su señora lo alentó: “Existen muchos videos de la escuela en youtube y facebook, tu trabajo ya está siendo difundido, tienes que postular”.

Llegó el día de la premiación en Santiago. De pronto, la Presidenta Michelle Bachelet dijo: “¿Quieren que demos el nombre del ganador?”, y hubo silencio hasta que anunció su nombre. Para él fue un “shock” de 30 segundos.

Posteriormente, viajó a Dubái al certamen internacional y aun cuando no resultó electo como el mejor profesor del mundo, está orgulloso. Hoy continúa en la Escuela de Quelhue y uno de sus sueños es proyectar el trabajo de educación ambiental que allí desarrolla. “Nosotros tenemos la araucaria, que es un árbol endémico, que se está secando día a día en los parques nacionales. Eso no se divulga mucho, a pesar de que es un patrimonio mundial que debemos cuidar y qué mejor que la educación para dar un paso en eso. La educación está muy al debe en el quehacer nacional”, declara.

Por ahora, junto a un grupo de apoderados está construyendo un huerto medicinal para los niños, pues quiere rescatar la sabiduría mapuche. “Trabajar en esta escuela me hace feliz, significa mi desarrollo pleno como docente. Tengo una importante tarea pendiente: hacer que mi escuela sea la mejor de Chile”, concluye.

 

Profesor Mario Santibáñez Caro:

“LOS PROFESORES SON FUNDAMENTALES PARA UN PAÍS, SIN ELLOS NO HAY FUTURO”

 Sus dinámicas clases en el Instituto Tecnológico y Comercial (INTECO) de Recoleta y su pasión por las ciencias, permitieron a Mario Santibáñez, de 32 años, representar a Chile en el “Global Teacher Prize”. Aunque no ganó, su nominación le otorgó el grado de “Embajador de la Educación” a nivel mundial.

 Para él, este reconocimiento es el resultado de una trayectoria que no se puede desconocer. Su interés por aprender, recuerda, surgió de la mano de una profesora del Liceo Metropolitano de Estación Central, Doris Soto, quien le enseñó biología en la enseñanza media. A pesar de su avanzada edad, siempre les inculcó a sus alumnos la importancia del saber.

“No tenía grandes presentaciones en sus clases, ya que la tecnología no era parte de su metodología, pero con las pocas cosas que había en el laboratorio nos enseñaba a experimentar. Gracias a ella decidí estudiar biología, porque le apasionaba enseñar, por eso entendíamos muy bien lo que nos trasmitía”, relata.

Y su interés por ayudar a otros se hizo patente años más tarde, después de egresar de la carrera de biología en la Universidad Austral. Trabajó en una reserva forestal, muy cerca de la comunidad rural Chaihuín (a 30 kilómetros al sur de Corral). “Fue ahí donde me percaté de la realidad campesina, descubrí una escuela muy abandonada y me llamó la atención. Se lo comenté a un grupo de amigos de la universidad y formamos una ONG para ir en su ayuda. Al poco tiempo me di cuenta que lo mío era la docencia”, agrega.

 

El primer docente de la familia

 La idea de ser profesor comenzó entonces a cautivar a Mario Santibáñez, creía que a través de la pedagogía iba a encausar sus ganas de hacer cosas por los demás. “Yo siento que los profesores son fundamentales para el desarrollo de un país, porque sin ellos no hay futuro”, comenta. Por eso cuando se presentó la oportunidad de estudiar pedagogía con una beca que ofrecía Elige Educar y la Fundación Futuro, no lo dudó.

Posteriormente, hizo su práctica profesional en el Colegio María Auxiliadora y luego obtuvo una beca de Magíster en Educación con mención en dificultades del aprendizaje en la Pontificia Universidad Católica en Santiago. Al mismo tiempo, comenzó a trabajar como profesor de Biología y Química en el Liceo INTECO, de Recoleta.

En 2013 asumió como profesor jefe de un 1º medio. Al principio fue complejo para él, pero con paciencia logró ganarse la confianza de sus alumnos. Esa buena comunicación hizo que en conjunto levantaran el laboratorio de ciencias y así han participado en diversos proyectos.

Uno de ellos consistió en un calentador de agua solar. Para eso reunieron botellas plásticas desechables y tubos de PVC y crearon una estructura sobre los camarines del establecimiento. Con ese proyecto, ganaron el primer lugar de un concurso que organizó el Banco Santander y Elige Educar el año 2014, lo que les significó implementar la sala de computación del liceo. Y durante 2016 participaron en otras dos iniciativas, llevadas a cabo en el reactor nuclear de La Reina que depende de la Comisión Chilena de Energía Nuclear.

En uno de esos proyectos, debían calcular la calidad del suelo. Para eso midieron un “isótopo” (conjunto de átomos de un mismo elemento que poseen diferente índice de masa e igual número atómico y se comportan químicamente igual) que cae con la lluvia. Además, construyeron una maqueta que representaba cómo se pierde el suelo con las lluvias. El otro proyecto era de seguridad radiológica, tuvieron acceso a muestras radiológicas[i] que ellos podían medir, con todas las precauciones que eso exige.

Esa experiencia fue increíble para él y sus alumnos. “Cuando ingresamos al reactor nuclear de La Reina, que está protegido por militares, nos llevaron al piso 10, y desde ahí vimos unas piscinas con iluminación en el fondo. Esa luz es radioactiva y la piscina produce que la radiación salga. A nosotros no nos pasó nada, llevábamos detectores de radiación que iban marcando lo que íbamos recibiendo. Cuando nos exponemos al sol generalmente recibimos mucha más radiación que en ese momento”, explica el profesor.

Por otra parte, Mario Santibáñez ha integrado sus conocimientos de biología a sus clases. Por ejemplo, si sus alumnos están aprendiendo qué es la fotosíntesis, aplica las clases de botánica que tuvo en la universidad y hace que ellos creen un herbario de hojas, las cuales son recolectadas en el liceo. Luego, el docente les proyecta en la sala una tabla periódica foliar, que contiene todas las formas de hojas que existen. Así van incorporando contenidos y, a la vez, trabajan en concreto.

Otra iniciativa que le ha dado buenos resultados ha sido incorporar a sus clases el programa “Kocori”, creado por la Universidad Santo Tomas. “Es un juego que tiene un entorno virtual. El alumno puede entrar en una célula y recorrerla, es un pequeño robot que va dentro de la célula y tiene misiones que cumplir. Por ejemplo, si la célula se comienza a quedar sin energía, él debe proporcionársela. Así aprende que la energía viene de la glucosa que es el azúcar. Y que esa glucosa viaja a la mitocondria, porque es allí donde se produce la energía. Jugando, los estudiantes van adquiriendo los conocimientos”, comenta.

Este es un programa gratis y de libre acceso, que se puede ocupar desde 6º básico a 1º medio. En el caso del profesor Mario, él lo utiliza con sus alumnos de 1º medio, cuando deben aprender sobre la célula y los procesos bioquímicos. “Para mí es importante incluir los juegos en las clases, pero esto no quiere decir que no tenga clases tradicionales. Mi idea es incorporar actividades lúdicas, porque de ese modo los alumnos recuerdan los contenidos con más facilidad”, agrega.

Cabe destacar que su trabajo lo complementa con otras actividades. Ha sido asesor de investigaciones científicas, ha editado material para universidades y se ha desempeñado como docente en un preuniversitario. “Así me mantengo activo en los conocimientos y muy vigente como docente. Hoy en día los estudiantes preguntan más y puedo profundizar en los temas”, comenta orgulloso.

De Valdivia a Dubái

Mario Santibáñez –quien estudió sus primeros años en el Instituto Salesiano de Valdivia- confiesa que no sabía mucho del concurso. Sí recordaba con claridad el apellido de la profesora Hanan Al Hroub de Palestina, que ganó el “Global Teacher Prize” el año pasado.

En dos oportunidades le llegaron correos de personas que le habían nominado para concursar, pero nunca se inscribió. Luego, le llegó un tercer correo, esta vez de Paulina Yáñez, una colega. Recién en ese momento, decidió participar.

Casi no pudo creer cuando tiempo después recibió un mail que decía que había sido seleccionado entre los 20 mejores profesores de Chile. “Estaba feliz, porque no tenía muchas expectativas. Ya me sentía un ganador”, agrega entusiasmado.

Aun cuando finalmente Eligio Salamanca fue reconocido como el mejor docente del país, ambos fueron elegidos para representar a Chile en la versión internacional del “Global Teacher Prize”, reconocimiento entregado por la Fundación Varkey para destacar la labor de los profesores de distintos países. Una experiencia que los llevó a Dubái, donde compartieron con docentes de todo el mundo. “Nos dimos cuenta que todos estábamos trabajando con el mismo enfoque que tiene relación con formar ciudadanos globales capaces de entender y asumir el mundo donde están inmersos”, comenta Eligio.

“Para mí no hay palabras que expliquen lo que significa esto –afirma Mario Santibáñez-. Gracias a la nominación final, soy embajador de la Fundación Varkey, lo que me ha puesto en contacto con los 50 finalistas mundiales, con quienes puedo intercambiar experiencias y opiniones. Nos muestran estudios que aún no son públicos, trabajamos con la ONU, la OEA y la Unión Europea. Esto me hace sentir ganador”.

 

[i] Muestra Radiológica: Son contenedores con una muestra radioactiva, de potencia conocida, que se utilizan para calibrar medidores de energía nuclear. Se encuentran resguardados para no dañar a la población.

 

 

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