Cultura

Biblioteca de Alejandría: UN COLOSO DE LA CULTURA UNIVERSAL

08/03/16 por reveduc

Alejandría es una moderna ciudad ubicada al norte de Egipto, con una población de casi 4 millones 800 mil personas. Aquí se encuentra el principal puerto del país y también, la nueva Biblioteca de Alejandría que constituye un importante centro cultural. En octubre de 2016 se cumplirá un nuevo aniversario desde que se abrió este recinto, dedicado a recuperar el espíritu universal de aprendizaje y pasión por el conocimiento que caracterizó a la antigua Biblioteca de Alejandría.

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Foto: Gentileza Biblioteca de Alejandría

Es mucho más que una Biblioteca. Con una superficie de 36.700 m2, en la cual se levanta un edificio cuyo diseño simboliza el sol de Egipto iluminando al mundo y a la civilización, la nueva Biblioteca de Alejandría (BA) es un verdadero centro de investigación y aprendizaje.

Tuvo un costo inicial de 230 millones de dólares -aportados por diversas instituciones y particulares, y que se encargó de reunir la UNESCO- y la ceremonia de preapertura (2002) fue presidida en su momento por el jefe del Estado egipcio.

En la actualidad, este complejo cultural incorpora varias áreas. En primer lugar, la Biblioteca General que contiene millones de libros, además de 9 bibliotecas especializadas: la Biblioteca de Artes y Multimedia; la Biblioteca Taha Hussein para personas con discapacidad visual; la Biblioteca de Niños; la Biblioteca de Jóvenes; la Biblioteca de Microformas; la Biblioteca de Libros Raros y Colecciones Especiales; la Biblioteca de Habla Francesa; la Biblioteca de Mapas y la Biblioteca de Depósito.

A esto se suman 13 Centros de Investigación Académica; el Centro de Ciencias Planetario; 4 Museos (Antigüedades, Manuscrito, Sadat e Historia de la Ciencia); 15 Exposiciones Permanentes (muchas de ellas sobre Artes Visuales Contemporáneas); 4 Galerías para Exhibiciones Temporales; el Centro de Conferencias; entre otros.

Una de sus innovaciones tecnológicas es “Culturama”, un programa de proyección panorámica sobre 9 pantallas interactivas, que ha recibido varios premios. Aquí los visitantes encuentran una presentación mutimedia, muy atractiva e informativa, sobre la herencia de Egipto a través de 5.000 años de historia.

El director de BA, Ismail Serageldin, afirma:

“La Nueva Biblioteca de Alejandría, la nueva Biblioteca Alejandrina, está dedicada a recuperar el espíritu de apertura y de aprendizaje de la original Biblioteca Alejandrina. Su misión es la de ser un centro de excelencia para la producción y difusión del conocimiento, y un lugar para el diálogo y el entendimiento entre las culturas y los pueblos.

Es nuestra esperanza que la nueva Biblioteca Alejandrina sea una digna sucesora de la antigua Biblioteca de Alejandría. Esa gran biblioteca fue un esfuerzo ecuménico único de la inteligencia humana y la imaginación, y quedó grabado en la memoria de todos los científicos e intelectuales hasta el día de hoy”.

Una mirada a la historia: La Biblioteca Real de Alejandría

Los Ptolomeos (dinastía fundada por Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno, en el siglo III a. C) eran reyes que soñaban con hacer de Alejandría el centro cultural del mundo antiguo. Ellos crearon hacia el año 280 a. C. el primer Museo de Alejandría: un templo en honor a las Musas, que pasó a formar parte del Palacio Real y que muy pronto comenzó a tener una importante biblioteca.

Según las crónicas de la época, Demetrio de Falero (amigo predilecto del rey y su director plenipotenciario) sólo recibía órdenes de Ptolomeo I, quien cada tanto pasaba revista a los rollos de texto interesado por el crecimiento de la colección. Él recibió grandes sumas de dinero para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo.

“Se habían propuesto reunir en aquella biblioteca todo el conocimiento universal. Habían calculado que ello llevaría unos quinientos mil rollos y se habían puesto decididamente a coleccionarlos. La política era adquirirlo todo, desde poesía épica a libros de cocina (Casson: 35), sin importar lo que costara”.

(Enero-Diciembre, Nº 5, 2011. La Biblioteca de Alejandría. NAVA CONTRERA, Mariano, pp. 17-46.)

Es importante recordar que la escritura egipcia utilizaba como soporte el papiro y éste se enrollaba fácilmente alrededor de una varilla de madera o metal, dando lugar a los rollos o volúmenes.

Ptolomeo I no sólo supervisó muy de cerca la creación y crecimiento de esta enorme biblioteca. Además, ofreció tentadores incentivos -salarios elevados, exención de impuestos, alojamiento y manutención gratuitos- para atraer a los más importantes intelectuales y científicos del mundo a vivir y estudiar allí. Para que pudieran desarrollar bien sus investigaciones, puso a su disposición un laboratorio, un zoológico, un jardín botánico y, por supuesto, esta excepcional biblioteca que con el tiempo sería conocida como la “Biblioteca Real de Alejandría”.

No hay consenso respecto del alto número de ejemplares que llegó a tener, pero lo cierto es que existió un esfuerzo sostenido de los Ptolomeos por conseguir las copias originales de los libros de la antigua Grecia, principalmente de Atenas o de Rodas, y del mundo conocido hasta entonces. Para ello, recurrieron muchas veces al engaño.

“Demetrio había escrito a todos los gobernantes del mundo conocido, a fin de solicitarles que enviaran a Alejandría sus libros para ser copiados a cambio de una suculenta remuneración. Galeno (médico griego, que nació alrededor de 129 d. C.) nos cuenta que éste fue el caso de las obras originales de Esquilo, Sófocles y Eurípides, que reposaban en los archivos de Atenas. Ptolomeo pidió a los atenienses que se las “prestaran” para ser copiadas, dejando como garantía la altísima suma de quince talentos de oro. El rey se apropió de los originales y prefirió perder el depósito, aunque, eso sí, envió a Atenas como dispensa unas hermosas copias (Comentario al libro Sobre las epidemias de Hipócrates XVII 2, 4)”.

(Enero-Diciembre, Nº 5, 2011. La Biblioteca de Alejandría. NAVA CONTRERA, Mariano, pp. 17-46.)

Incluso, el rey intentó adquirir la valiosa colección de los libros de Aristóteles que Teofrasto había dado en herencia a uno de sus discípulos, Neleo de Escepsis. Sin embargo, él engañó hábilmente a sus emisarios, vendiéndoles sólo pequeños tratados sin importancia y libros suyos.

Además, cada barco que pasaba por Alejandría, uno de los más importantes puertos de la antigüedad, era abordado y se incautaba cualquier manuscrito que transportara. Se cree que la biblioteca se quedaba con los originales y hacía llegar copias a sus antiguos dueños, pudiendo así juntar más de medio millón de manuscritos.

Otra manera en que creció la colección de esta biblioteca fue a través de la traducción de obras cuyos originales estaban en otras lenguas. Por ejemplo, el rey Ptolomeo II quiso traducir los libros dedicados a la historia judía pues estaban escritos en hebreo y para ello, escribió una carta a Eleazar, Sumo Sacerdote de Jerusalén, pidiéndole que lo ayudara a encontrar a los mejores traductores del hebreo al griego. Con ese propósito, envió también una comisión.

“La Carta de Aristeas (funcionario de la corte de Ptolomeo II, escrita en el s. II a.C. a su hermano Filócrates) nos cuenta cómo setenta y dos sabios intérpretes, seis por cada una de las doce tribus, se desplazaron a Alejandría con el fin de realizar la primera traducción del Pentateuco, los cinco primeros libros de la Torah, del hebreo al griego (…) Comprender la cultura de los pueblos del mundo se convirtió, más que en asunto de prestigio, en factor estratégico y en elemento de poder. Se comprenderá fácilmente el por qué, dentro de esta política, se le daba un lugar preponderante a la traducción de los libros sagrados de cada cultura”.

(Enero-Diciembre, Nº 5, 2011. La Biblioteca de Alejandría. NAVA CONTRERA, Mariano, pp. 17-46).

Esta misiva también relata la espléndida recepción que tuvieron estos traductores en la corte egipcia, así como su estadía en la isla de Faros. Todo el Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta el libro de Malaquías, fue traducido y copiado a papiros. Al concluir su labor, regresaron a Jerusalén cargados de regalos.

Paralelamente, en la Biblioteca se llevaba a cabo todo un trabajo de catalogación de éstas y otras obras, labor en la que destacó el poeta Calímaco de Cirene, considerado el padre de los bibliotecarios. Él creó las “Pinakes”, tablas para catalogar los libros y, por primera vez, se utilizó el criterio alfabético en la elaboración de los índices o listados.

Un detalle no menor: no hay que confundir esta biblioteca con la del “Serapeum”, llamada biblioteca “hija” en la propia Alejandría, que habría sido levantada por Ptolomeo II (o Ptolomeo III, según otros) en el recinto del templo de Serapis, en el viejo barrio egipcio de Racotis. A diferencia de la Biblioteca de Alejandría propiamente tal, aquí solo había copias, pero gozaba de prestigio a juzgar por el hecho de que fue allí donde trabajó el historiador siciliano Diodoro.

Directores ilustrados

El primer director de la Biblioteca de Alejandría fue el filólogo Zenódoto de Éfeso, experto en Homero, quien ostentó este cargo entre 285 y 270 a. C. Le sucedieron científicos y filólogos de la talla de Apolonio de Rodas, Eratóstenes de Cirene (270-245 a. C.), Aristófanes de Bizancio (195-180 a. C.), Apolonio de Alejandría (180-175 a. C.) y Aristarco de Samotracia (175-145 a. C.), entre otros.

Hiparco de Nicea (190 a 120 a. C.), sucesor de Eratóstenes, era astrónomo, geógrafo y matemático, y configuró el primer catálogo de las estrellas, que contenía la ubicación, en coordenadas elípticas, de mil ochenta estrellas. Inventó un teodolito (instrumento de medición) que permitía medir las posiciones de las estrellas, expresando su brillo en magnitudes.

Pero no sólo los directores de esta Biblioteca aportaron al mundo de las letras y las ciencias, también muchos científicos que llegaron a Alejandría en esa época hicieron lo suyo. Euclides, por ejemplo, se trasladó a esta ciudad y redactó la suma del pensamiento matemático griego. Si la anécdota narrada por el filósofo griego Proclo fuera verdadera, su carácter nos resultaría perfectamente iluminado: habiéndole preguntando el rey Ptolomeo si no había un camino más corto para introducirse en las matemáticas, Euclides respondió: “En matemáticas no hay caminos reales”.

Primeras bibliotecas

Otra gran biblioteca de la época fue la de Pérgamo, fundada en el siglo II a. C. por el rey Atálo I de Tíos (241 a 197 a. C.), con el propósito de rivalizar con la de los Ptolomeos. Su sucesor, Eumenes II, soberano entre 197-160 a. C., enriqueció esa biblioteca, imitando los parámetros del complejo alejandrino.

Por otra parte, en Grecia la primera biblioteca se abrió hacia el 330 a. C., en Atenas. Y a partir del siglo III a. C. experimentaron un notable incremento en este país tanto las bibliotecas públicas como las colecciones bibliográficas particulares (de Platón, Jenofonte, Eurípides, Euclides, Aristóteles, etc.)

Pero fue en tiempos de la Roma Imperial cuando se crearon las bibliotecas públicas propiamente tales, de titularidad estatal, a las cuales tenía acceso cualquier ciudadano.

“Cayo Asinio Polión fundó la primera biblioteca pública en el año 37 a. C., aunque la idea originariamente era de Julio César, primer estadista que propugnó estas instituciones. Las más importantes fueron las bibliotecas Octaviana y Palatina, creadas por Augusto, y la Ulpiana, construida en tiempos de Trajano, que fue la mayor de todas”.

(“Una breve historia del libro”, en www.lafabricadelibros.com)

La nueva “Bibliotheca Alexandrina”, inaugurada en 2002, tiene por objeto facilitar el acceso de todas las personas a la información a través de las nuevas tecnologías, recuperando después de tantos siglos el espíritu universal de aprendizaje y pasión por el conocimiento que animó a los científicos, filólogos y otros intelectuales que trabajaron allí.

Sitio web oficial de la nueva Biblioteca de Alejandría: http://www.bibalex.org/

(en inglés, francés y árabe)

Más información sobre la ciudad de Alejandría: http://www.sis.gov.eg/Es/Templates/Articles/tmpArticles.aspx?ArtID=4943#.Vt2uXfkrKM8

 

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