Conversando

Amanda Céspedes, neuropsiquiatra infantil: CLASE MAGISTRAL A LOS PADRES Y DOCENTES CHILENOS

17/08/20 por reveduc

Los educadores pueden y deben trabajar sus propias emociones, pues son ellos los que acompañan a los niños en su crecimiento y desarrollo. Los autocuidados -la higiene del sueño, una alimentación sana y el ejercicio en casa- son importantes, pero “lo primero es buscar la paz interior aunque estemos en medio de la tormenta”, afirma la experta en neurociencias aplicadas a la educación[1], quien en este número de la Revista de Educación nos entrega una clase magistral sobre educación socioemocional. Algunas estrategias útiles, agrega, son la meditación, el mindfulness, el yoga y todas las prácticas venidas del Oriente, así como la fe, la certeza de que todo tiene un sentido y un propósito.

El rol de las emociones en el desarrollo y crecimiento de niños y adolescentes

Las emociones son las respuestas del organismo a lo que va ocurriendo tanto en lo externo como en nuestro interior (e-motion= movimiento). Estas respuestas involucran a todo el organismo, son procesadas, almacenadas e integradas en el cerebro, en una región denominada Sistema Límbico, y vivenciadas conscientemente en la corteza cerebral, lugar donde les damos nombre, las asociamos y activamos con recuerdos, con las lecturas, el cine y otras experiencias. La forma en que vivenciamos las emociones modela nuestra personalidad. Las emociones son tanto la brújula que debiera guiar la conducta de modo adaptativo como el pasaje a un derrumbe personal de consecuencias impredecibles. Cuando guían la conducta de modo adaptativo nos permiten tener una visión compartida de la realidad y operar desde la sinergia entre emoción y razón (objetividad), mientras que cuando nos invaden sin permitirnos modularlas desde la razón (reflexión) nos dañan y dañamos a otros. Nos tornamos profundamente subjetivos. Las emociones nublan nuestra razón y nos conducen a tomar decisiones equivocadas. Por ejemplo, un adolescente que huye de la casa porque piensa que su madre lo odia, está tomando decisiones emocionales. Más que pensar racionalmente, está pensando desde la rabia. Y toda decisión tomada desde la rabia, el miedo, la frustración, puede conducir a un desastre.

Las emociones como respuestas del organismo se van instalando en cada uno de nosotros al menos 12 semanas antes de nacer.

Las primeras, ésas que experimentamos al nacer y mientras somos pequeños, se denominan emociones primarias, y fueron magistralmente mostradas en el film Intensamente (Inside Out). Son la rabia, el miedo, la tristeza, la frustración y la alegría. A medida que vamos creciendo las emociones, de por sí pasajeras, van dando paso a dimensiones más duraderas, denominadas sentimientos, como la envidia, el rencor, el deseo de venganza, la culpa, etc. y se va tejiendo un entramado con otras dimensiones de la personalidad. Por ejemplo, una personalidad optimista experimenta más fácilmente alegría y gratitud que una personalidad pesimista, atrapada en la tristeza y la frustración por lo que no tiene.

Lo esencial es que en el interior nuestro las emociones primarias están siempre allí, dinámicas, activas, como un río turbulento buscando su cauce. El cauce es el equilibrio, la armonía, representada en la película por esa niña de vestido amarillo llamada alegría. En los niños existe desde antes de nacer una fuerza interna poderosa de búsqueda del equilibrio, de la armonía emocional, pero desde el nacimiento en adelante ese equilibrio se halla en el encuentro con los otros; somos los otros los que damos el cauce al torrente emocional de los niños. Y acá radica la tragedia: apenas 2 de cada 10 adultos saben dar cauce, encauzar la rabia, la pena de un niño para permitirle crecer emocionalmente. Los 8 restantes solo empeoran la situación reprimiendo, ignorando, castigando el desborde emocional.

Muchos piensan que las emociones son privativas de los seres humanos, lo cual es un error. Los animales también responden a la vida con ese movimiento interno llamado emoción, y sus modos de procesamiento son tan complejos como los modos humanos, conformando complejas dimensiones en el plano de la afectividad. Por ejemplo, la fidelidad del perro hacia su amo nace del amor reverencial que siente hacía él.  Y es probable que, a su modo, también se den similares movimientos internos en el mundo vegetal. Hay investigaciones apasionantes en el campo de la psicología comparada. Cuando aprendemos a mirar las emociones como un fenómeno ampliamente presente en la naturaleza, nos impregnamos de humildad y de respeto por los otros mundos. 

Cómo es posible educar las emociones

El concepto más común de educación me resulta muy incómodo y desde hace ya un tiempo que lo he cuestionado profundamente. La mayoría de las personas estima que educar es “dotar al otro de aquello que no posee para un mejor logro personal y social”.  Por ejemplo, cuando un niño muestra un comportamiento social inadecuado, como una pataleta en público, quienes observan la escena estiman que es “un niño mal educado”. Esta definición lleva implícito un procedimiento impositivo, autoritario por parte del adulto, lo cual es muy dañino para la personalidad del niño. El adulto “educa” al niño desde el grito, la amenaza, el castigo.

En mi concepto, los adultos acompañamos a los niños a desarrollar y enriquecer un potencial que ya traen al nacer y que les va a permitir, a medida que van creciendo, el logro de una adecuada gestión emocional al servicio de la sana convivencia con otros y de un bienestar integral.

Los adultos acompañamos a los niños en esta tarea “educativa” con intenciones y con un propósito, como lo ha planteado tan preclaramente Facundo Ponce de León (filósofo uruguayo) en sus escritos sobre autoridad. Las intenciones son las metas de acompañamiento según el tramo de edad (lactante de 0 a 24 meses, párvulo de 2 años a 5 años, escolar de 5 a 10 años, preadolescente de 10 a 15 años, adolescente de 15 a 20-25 años). Es así como una intención (una tarea de “educación” emocional) con un bebé de meses es confortarlo a través de ser sensible a sus necesidades, prestando atención plena a ellas, sin enjuiciar (la frase favorita de un “analfabeto” en intenciones educativas: “ignóralo, este bebé ya está manipulando”). Al confortar y atender, el bebé regresa al equilibrio. Y estar en equilibrio es estar integralmente sano. Una intención en la edad del párvulo es también estar atento -y sin juzgar- a sus necesidades para responder a ellas, acompañando al niño a conquistar una sólida regulación del miedo, de la ira, de la tristeza, de la frustración, porque solo desde la efectiva autorregulación puede aprender de la vida. Un hermoso ejemplo es el rol protector del padre en la película La Vita é Bella, cuando transforma el horror del confinamiento en un juego. La expresión de terror del niño se va transmutando en una sonrisa gozosa al jugar con su padre. Una intención con un niño entre los 5 y los 10 años es que desarrolle y enriquezca su capacidad de autocontrol voluntario de la ira, de la frustración, de la pena, y ello se logra a través de la conversación que conduce a la reflexión. Una intención con un adolescente es acompañarlo a tomar decisiones responsables respetando su autonomía. En fin, este tema da para mucho. ¿Y el propósito? Todos los adultos que nos creemos educadores (muy pocos lo son de verdad) deben tener presente siempre, en todo momento, que nuestra misión educadora es formar al niño para la paz universal, para ser un constructor activo de un mundo sin violencia.

Qué es la resiliencia y por qué contribuye a la armonía emocional

La resiliencia es una fuerza interna que hemos heredado de nuestros antepasados, a través de miles de años de evolución. Permite hacer frente a una adversidad y salir bien parado, triunfante y habiendo crecido emocionalmente. Está escrita en nuestros genes como un potencial que es necesario desarrollar y enriquecer, porque nos permite afrontar las adversidades, aprender de ellas y salir fortalecidos.

Esta pandemia es una adversidad que está poniendo a prueba la resiliencia de cada uno de los miles de millones de habitantes del planeta.

La resiliencia es un potencial, una semilla de la cual debe surgir una fuerza real, efectiva. Sobre ella confluyen muchos factores, tanto favorables (fortalecen la resiliencia) como desfavorables (la anulan).

Desde mi marco teórico de trabajo (el conocimiento del cerebro en desarrollo) yo doy mucha importancia a los factores biológicos tanto favorables como desfavorables, entre los cuales están factores genéticos (genes que participan en la dimensión optimismo/pesimismo de la personalidad, por ejemplo), la programación fetal (eventos intrauterinos que fortalecen o debilitan la resiliencia), factores epigenéticos (de qué modo la experiencia modela la información genética). El ejemplo más potente de epigénesis es el de los niños con discapacidades, que desarrollan habilidades sorprendentes compensatorias y le ponen el hombro a la adversidad. Tener alumnos con discapacidades en el aula es una invitación al resto de los niños a ser resilientes, a no dejarse vencer por una dificultad. Y un factor biológico esencial es la calidad del apego primario (el vínculo muy intenso con la mamá desde antes de nacer y por los próximos 2 meses, para luego fortalecerlo hacia adelante).

Como ejemplos de factor psicológico: el desarrollo temprano y fortalecimiento del carácter, el desarrollo moral temprano y la espiritualidad. El carácter se refiere a la capacidad de ser perseverante, de creer en el valor del esfuerzo, de la voluntad; a la capacidad de esperar cuando se tiene una meta; a la capacidad de sacrificar un beneficio inmediato cuando el beneficio a largo plazo sea mayor. Un niño profundamente espiritual (he conocido a tantos… son seres iluminados) es muy resiliente, porque percibe que la vida tiene un sentido trascendente y que su propia existencia tiene un propósito. Lo inmediato no altera el equilibrio emocional de un niño espiritual; está en cierto modo distante de lo inmediato, lo contingente; se instala tempranamente en la vida desde la certeza íntima de una vida con un sentido, aunque todavía no llegue a ver claramente ese sentido.

Como ejemplo de factores ambientales de resiliencia, yo destaco la presencia en la vida de un niño de un adulto pleno de sensibilidad hacia el mundo interior de ese niño; pleno de ternura, de comprensión y libre de prejuicios. En esta categoría caen muchos abuelos y abuelas, especialmente aquellos que son tildados de “malcriadores”. Son maravillosos.

¿Por qué la resiliencia contribuye a la armonía emocional? Porque la armonía emocional no es más que el equilibrio integral interno, una confluencia armoniosa de equilibrio mental, corporal, hormonal, inmunitario. Y ese equilibrio NO depende solo de los otros; depende de cómo yo veo la vida, de cómo me instalo en ella; de una resonancia energética elevada que me permite objetividad, cierto distanciamiento de lo inmediato, de lo concreto, de lo cotidiano. Cuando enfrento una adversidad con ese distanciamiento de lo concreto y al mismo tiempo con una profunda fe en que “todo tiene un sentido”, es decir, cuando no se perturba mi equilibrio emocional, sin duda alguna que soy resiliente. Está de moda decir que frente a una adversidad no debemos preguntarnos ¿por qué a mí? sino ¿para qué a mí? Allí radica la certeza del sentido. Y he conocido niños de 5 años que ya tienen esa certeza de sentido. Un niño de 1° básico regaló su colación a otro que lloraba porque su mamá no le había enviado nada en la mochila. La mamá le dijo “¿por qué regalas lo tuyo y te quedas con hambre? No debes hacerlo”. El niño le respondió “mamá, hoy es mi compañero, mañana será un niñito en el África y allí estaré para darle alimento”. Ese niño es un iluminado. Tras él hay genética, pero también algún adulto especial. Quizá una abuela extraordinaria.

La armonía emocional, ¿un fenómeno biológico o social?

La armonía emocional es un fenómeno estrictamente biológico, a mi parecer, pero que se sostiene desde lo social, desde la experiencia. La armonía emocional es un fenómeno sorprendente sobre el cual confluye lo biológico químico interno y ese soplo de energía vital que es responsable de nuestra vida. Somos seres cuánticos, como dice mi hermana gemela. A nivel biológico el delicado equilibrio que hemos llamado armonía emocional se afirma en unas cuantas sustancias químicas que se instalan en nuestro organismo semanas antes de nacer y nos acompañan hasta la muerte. Estas sustancias químicas modelan y modulan nuestro ser emocional, pero también son responsables de nuestras dimensiones intelectual, social y espiritual. Y la energía es, como decía, un soplo de vida que circula por nuestro interior bañando cada célula de vitalidad y de salud. Tanto la energía como la química son modificadas desde lo social. Así, un niño que experimenta un enorme estrés por maltrato o abuso, sufre un violento desequilibrio químico, que altera su intelecto, su emocionalidad, su capacidad de confiar, su fe. Y la energía se bloquea en determinados sitios, favoreciendo la aparición de alguna enfermedad.

Cómo pueden los adultos, tanto educadores como padres, ayudar a los niños a ser resilientes 

La respuesta es compleja y simple a la vez. Yo suelo decir que ayudar a los niños a ser resilientes es “tan fácil como ganarse el Kino”. Es mucho más fácil destruir ese potencial de resiliencia presente en cada niño. Lo destruimos todos los días, a través de centenares de acciones “bien intencionadas”, que llevamos a cabo en aras de “dotar a los niños de lo que no tienen”, ignorando que ellos poseen todo pero que nos necesitan para expresarlo en sus vidas. El adulto que humilla a un niño; aquel que lo ignora, que es negligente con ese niño; aquel que lo vulnera a través del castigo físico o psicológico, aquel que lo utiliza para sus fines, por lo general muy egoístas, en fin… Todos ellos destruyen día a día la resiliencia de un niño.

A partir de un ejemplo concreto nos quedará más claro cómo ayudarlo. Una fila de pasajeros está detenido en la manga que conduce al avión en un día muy caluroso. Delante de mí, un matrimonio joven, cada uno enfrascado en su celular, mientras su pequeño hijo corre entre los pasajeros empujando y volcando las maletas de mano. En el aire se respira la exasperación. De pronto, el papá mira lo que está ocurriendo y vocifera “¡córtala!” El niño parece no oír. El papá levanta su mano en ese gesto que informa “te las voy a dar”. El niño parece no ver. La mamá desvía sus ojos del celular y con gesto distraído le ordena al padre: “¡Pégale!” La palmada en la mejilla del niño duele en el alma. El niño se queda tranquilo, desconsolado. De pronto, musita “¿me quieres, papa?”. A su corta edad ya siente recelo y desconfía de que exista el amor.

Ayudar a un niño a ser resiliente exige en primer lugar VER AL NIÑO, lograr verlo lúcidamente. Verlo en sus necesidades emocionales, porque a través de nutrir esas necesidades lo ayudamos a tener coraje. Cuando los vemos de verdad, espontáneamente nos disponemos a escucharlos con atención y sin prejuicios. No vemos a los niños. A menudo vemos cifras, estadísticas, datos acerca de los niños. En segundo lugar, exige RESPETO IRRESTRICTO hacia cada niño que se cruce en nuestro camino. Respetar es tener consideración por la dignidad de ese niño. Hay que respetarlo como respetaríamos a un soberano, a un monarca. Con veneración. En tercer lugar, hay que AMAR a los niños. Amar es estar dispuestos a dar nuestra vida por el otro. Amarlos sin condiciones. Ese papá debería haber percibido el tedio de su niño, el calor reinante, el no tener claridad de por qué estaban en esa situación. ¡Era tan fácil distraerlo! En cuarto lugar, y ya lo había mencionado, es preciso saber ESCUCHARLOS. La capacidad de escucha es una de las habilidades más infrecuentes de ver en quienes se dicen educadores. Solo los OÍMOS, pero no prestamos atención a sus palabras. Cuando yo relato la siguiente historia real en mis seminarios, todos son remecidos. Un niño de 7 años que viaja en transporte escolar, a las pocas semanas de iniciado el año ruega llorando a su madre, luego a su padre, que lo vaya a buscar en su auto. Solo recibe como respuesta “es un malcriado. Es un manipulador. Es un flojo”. El papá lo amenaza con llevarlo interno. La mamá deja simplemente de oír sus ruegos. Ley del hielo. La hermana universitaria, en cambio, se dispone a escucharlo. Y lo que oye le hiela la sangre: el conductor del transporte escolar manosea cada día los genitales del niño porque es el último en bajarse del transporte.

Factores que contribuyen a apoyar la resiliencia de los niños

Conversar con adultos sensibles. Las lecturas (esta pandemia ha puesto en evidencia lo que tantos sostenemos: aquel niño, joven, adulto que ama la lectura ha vivido este encierro sin desesperación, sin percibir que está encerrado, porque solo están cerradas las puertas al exterior. Las puertas hacia su interioridad permanecen ampliamente abiertas para que ingresen las lecturas. Y mientras más amplio es el espacio interior, más resilientes somos).  El buen cine con la compañía de un adulto sensible. Adultos que inyecten optimismo, esperanza cuando se vive una adversidad; que muestren a los niños el infinito valor de la fe. Adultos con una profunda espiritualidad.

El carácter de los niños, ¿se puede trabajar o formar para que sean más resilientes?

Sin duda que sí. Pienso que por siglos las condiciones de vida y la educación en casa formaban sólidamente el carácter de los niños, pero el advenimiento de la “sociedad de la abundancia” ha ido debilitando este rasgo de la personalidad. Desde que los padres se esfuerzan por darles todo a los niños, aún sin necesidad o sin que ellos lo pidan, el carácter se fue debilitando; esa cultura de la disponibilidad inmediata, de no ser capaces de esperar, es el peor enemigo del carácter. El carácter se forma y se consolida en las privaciones; cuando un niño carece de algo y se las ingenia para salir adelante con esa carencia, está fortaleciendo su resiliencia. Los más resilientes son los niños con discapacidades, especialmente motoras, sensoriales (ciegos, sordos, con parálisis cerebral u otras discapacidades). Son un ejemplo de fortaleza ante las adversidades. Para el resto de los niños, sugiero que los padres se abstengan de comprarles todo lo que los hijos piden; que difieran el momento en que el niño va a lograr obtener un regalo (recuerdo a un niño de 9 años que había pedido un I-phone de regalo. El papá le dijo “te lo regalaremos para tu cumpleaños N° 10”. El chico protestó “estamos recién en marzo y mi cumple es en septiembre! No estoy dispuesto a esperar!”  E hizo un fenomenal berrinche acusando a sus padres de “insensibles” y esgrimiendo el más manido de los argumentos: “en mi curso TODOS tienen I-phone y yo soy el único tonto que tiene un celular chanta”. El papá le llevó un flamante I-phone 2 días después, seguramente comprado a crédito. Saber esperar, ser capaz de posponer una gratificación inmediata si más adelante recibiré una gratificación mayor, son modos de fortalecer el carácter. Un adolescente recibió en noviembre la noticia de que iría de intercambio a EEUU en julio del año siguiente. Saltaba de alegría hasta que el papá le comunicó que lo había inscrito en un curso intensivo de inglés en enero. El chiquillo se opuso, furioso. “¡Estás loco, papá? Jamás sacrificaría mis vacaciones con mis amigos! Aprenderé inglés una vez que esté en EEUU; y si se me hace difícil, me juntaré solo con hispanos”. El carácter en este chico era microscópico.

Los neurotróficos y su relación con las emociones y la resiliencia

El cerebro produce sustancias químicas que tienen el poder de fortalecer, proteger e incluso restaurar redes neuronales, dando al cerebro una gran fortaleza para enfrentar agresiones, tales como un severo estrés, un traumatismo, etc. Lo sorprendente es que tales sustancias químicas son las mismas que participan de las emociones.

Uno de estos químicos es la OXITOCINA, una hormona que se produce al final del embarazo para activar el trabajo de parto, pero que también producimos cuando confortamos o somos confortados; cuando nos miran con ternura, cálidamente; cuando nos hablan dulcemente; cuando abrazamos y acariciamos; cuando expresamos amor. He aquí la perfección del diseño cerebral (y de esa mano divina que creó al cerebro), una molécula que es liberada generosamente con acciones amorosas nos fortalece el cerebro, nos hace más inteligentes y más serenos para afrontar una adversidad.

Otro ejemplo: la SEROTONINA, una molécula ampliamente presente en todo el organismo, pero muy especialmente en el cerebro; cuando se libera en cantidades generosas nos calma, nos produce sosiego, paz, la certeza de estar protegidos por una fuerza superior y bondadosa; nos permite apreciar la vida de modo trascendente, verla como algo sagrado; percibimos la unidad de todas las cosas y la esencia profunda del amor universal. Esto es la espiritualidad. Y, por añadidura, la serotonina fortalece nuestras redes neuronales y nos permite salir airosos de la adversidad. Es asombroso.

Cómo se puede “bañar” a un niño en neurotróficos

“Bañar” es una metáfora que yo empleo para invitar a ser muy generosos con la activación de neurotróficos en el interior de cada niño. Remontémonos a lo que yo afirmaba respecto a cómo hacer a un niño resiliente. La respuesta se reduce a esto: SENSIBILIDAD A LAS NECESIDADES EMOCIONALES DEL NIÑO. Yo llamo a esta sensibilidad SABER VER AL OTRO. Luego está el RESPETO, es decir, la consideración irrestricta por la dignidad de ese niño. Respetar es escucharle con atención; es mostrarse gentil en todo momento, evitando gritar, vociferar, amenazar, golpear, humillar, avergonzar a ese niño. PROTEGER al niño en toda circunstancia; CONSOLAR Y CONFORTAR sin enjuiciar. Tengo tantos ejemplos de vulneración soterrada a los niños (llamo así a esas actitudes y conductas de los adultos que a los ojos de los otros NO son condenables) que algún día escribiré un libro de más de 200 páginas con historias de vulneración soterrada y legitimada. Me acongoja comprobar que cada año que pasa, en Chile aumenta la vulneración soterrada. Por ejemplo, en supermercados, tiendas, aeropuertos, son centenares los padres absortos en su celular mientras los niños les piden atención porque tienen sueño, cansancio, sed… Y el castigo “express” (castigar con rabia, sin invitar a reflexionar) es una verdadera pandemia en Chile actualmente.

Recomendaciones a la familia en un contexto como el actual (de confinamiento por el Covid-19)

Vivir este encierro como una oportunidad para aprender a ver a los hijos, no simplemente a mirarlos con una mirada que prejuzga. Para ello, cada adulto debe mirarse a sí mismo primero e intentar VERSE. Una amiga abogado y mediadora familiar dice que se precisa un viaje interior para lograr ver en qué lugar estamos en términos emocionales (¿estoy situada en la rabia, en la frustración, en la pena, en el miedo… o en la serenidad y la confianza?) y salir al exterior con ese conocimiento. Es decir, tratar de ver de qué modo estoy actuando, qué tipo de conductas me caracterizan. ¿He vivido este encierro quejándome?, ¿insultando al virus, a las autoridades, a todo el mundo, porque no puedo hacer una vida normal? ¿O he procurado transmitir confianza y optimismo? ¿De qué modo abordo a mis hijos cuando se ponen difíciles, tercos, rabiosos? ¿Procuro entender esas emociones en ellos y acogerlas o, por el contrario, les grito y los alejo de mí?

No podemos olvidar que “educar las emociones” es ayudar a que los niños tiendan espontáneamente al equilibrio emocional, y ello solo es posible si el adulto busca estar en armonía. ¡Cuántos adultos le gritan ferozmente a un niño para que deje de gritar!! Nadie en la familia tiene la culpa de lo que nos está ocurriendo (la pandemia). La naturaleza se ha impuesto de modo implacable, y las razones de ello escapan a nuestra voluntad. Por lo tanto, lo único razonable y sensato es mantenernos serenos, “en armonía emocional”, porque de ese modo ayudamos a nuestros niños a lograr ese equilibrio interno.

Y vale la pena intentarlo, porque un niño en equilibrio emocional es como esa niña de traje amarillo de la película Intensamente: alegre sin estridencias, acogedora, cordial, conciliadora, adorable. Pero los niños abandonan violentamente la comarca del equilibrio cuando conviven con adultos rabiosos, explosivos, castigadores, quejosos, que se victimizan, etc. Si tenemos niños en casa, debemos ser educadores emocionales 24/7. Ése es el gran desafío. Si lo logramos, seremos los segundos en salir fortalecidos de esta tragedia que se instaló en cada hogar del planeta. Los primeros serán nuestros hijos. 

Los docentes sí pueden trabajar sus emociones

Es una tarea compleja, pero perfectamente posible de lograr. Sin duda alguna, lo primero es buscar la paz interior aunque estemos en medio de la tormenta. Y para ello son extraordinariamente útiles la meditación, el mindfulness, el yoga y todas las prácticas venidas del Oriente, porque tienen efectos muy beneficiosos para todo el organismo y muy en especial para la mente. Pero igualmente beneficiosa es la fe, la certeza de que “todo tiene un sentido y un propósito”; la plegaria posee un poder extraordinario; debemos orar mucho, pero al revés de como lo hacemos habitualmente. Solemos comenzar por nosotros (Dios mío, protégeme; que no me enferme), cuando lo correcto es comenzar a orar por la salud y el bienestar de los niños del África, siguiendo por los niños que duermen a la intemperie en las fronteras de países en conflicto; por los niños que sufren en territorios en guerra; por los pobres, los desvalidos y los enfermos. De ese modo movilizamos las energías del Universo y del Creador de modo correcto y los milagros se hacen presentes. Pero hay otro aspecto que es fundamental: los autocuidados. En situaciones de estrés, de amenaza, de miedo a la muerte como lo es esta pandemia, es cuando debemos proteger nuestra salud a través de la higiene del sueño, de una alimentación sana, de mantener en lo posible un hábito de ejercicio físico en casa. Mi hermana gemela, que es muy sabia, dice que debemos tener una actitud profundamente ecológica con nuestra interioridad; limpiarnos de todos los tóxicos emocionales (la envidia, el rencor, la culpa, el miedo) y dejar fluir aires interiores purificados (la confianza, la fe, la esperanza, la entrega).  

Madurar en términos emocionales: una meta posible para un niño y/o adolescente

Madurar emocionalmente es lograr una adecuada gestión de nuestras emociones con fines de crecimiento personal, social y espiritual. No hay una edad precisa, porque sobre este proceso inciden factores biológicos y factores ambientales. Entre estos últimos, sin duda alguna que es clave el acompañamiento por parte de los adultos significativos en el desarrollo emocional de un niño desde antes de nacer hasta los 20 a 25 años de edad. Este acompañamiento es lo que llamamos educación emocional. Todos los niños deberían llegar a conquistar la madurez emocional, porque vienen “programados” para ello (traen desde antes de nacer todos los recursos necesarios). La tragedia de tantos niños es que los adultos fracasan en el necesario acompañamiento. Es mi gran congoja. Comprobar que tanto la ignorancia y la incultura como la arrogante intelectualidad de muchos adultos desmantelan la madurez emocional de miles de niños, quienes llegarán a la adultez sin preparación alguna para saber vivir en armonía, destruyendo a otros y autodestruyéndose.

El locus de control es un índice clave en la maduración emocional. Cuando un niño es capaz de tomar decisiones responsables que le protejan de eventuales daños y que protejan a los otros, adquiriendo una sólida moral que le permite distinguir lo correcto de lo incorrecto sin necesidad de que alguien se lo recuerde, entonces ese niño es emocionalmente maduro. He conocido niños de 7 años que ya son emocionalmente maduros.

Estrategias útiles para ayudar a los niños y adolescentes a que tengan autorregulación emocional

La práctica constante de hacer silencio interior. Y ello se logra a través de ejercicios de atención plena, yoga, meditación, plegaria. A través de vivir en entornos armoniosos, con mucha naturaleza. En las casas debería haber momentos de silencio, un silencio especial, pleno, que nos ayuda a conectar con nuestra interioridad. ¡Los niños se benefician tanto del silencio! Dibujando, leyendo, creando historias… Nada peor que una casa donde la TV está constantemente encendida, donde la música estridente y chabacana ocupa todos los espacios como si fuese un taladro implacable.

Una casa donde los adultos jamás levantan la voz, jamás vociferan, jamás amenazan. Una casa donde en cada rostro hay una sonrisa –aunque por dentro haya lágrimas- y cada adulto sepa mirar a los niños con dulzura. Educar a un niño es luchar para que nunca pierda su sonrisa y su entusiasmo, dicen los inuit. 


[1] Presidenta de la Fundación Educacional Amanda. Neuropsiquiatra infantil de la Universidad de Chile. Realizó un postgrado en neuropsicología y neuropsiquiatría infantil en la Universitá degli Studi de Turín, Italia. Académica en diversas universidades chilenas y escritora. Expositora en el seminario online “Aprendizaje socioemocional en tiempos de pandemia”, organizado recientemente por el Mineduc junto a la Unesco y Unicef.

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